martes, 10 de junio de 2008

Literatura Nacional




AVENTURAS DEL CABO LAGUNA

"Primera parte de una saga criolla" (descarga Cap. 1 a 3 del libro)
Manuel Ares, 2008.-

PRÓLOGO
Ernesto Jauretche, marzo de 2008.-

En 1975, cuando ya podía darse por cierta aquella aseveración de Lenin de que lo realmente difícil de una revolución viene cuando se llega al poder, Rodolfo Walsh convocó a un grupo de intelectuales para poner de manifiesto su idea de que era urgente empezar a producir: “Si ganamos -dijo- vamos a escribir la historia; pero si perdemos habrá un genocidio cultural”. La exhortación a trabajar para dejar evidencia de nuestro proyecto revolucionario no estaba dirigida a los cientistas sociales: “La historia se va a refugiar en las artes -afirmó-. Sobrevivirán la poesía, la literatura, la música, la plástica; sólo la ficción dará testimonio de lo que somos y de lo que soñamos”.
Un caso típico de esto es el apasionante relato de Pantaleón Rivarola en “Las atroces invasiones inglesas” de 1808. Casi único original en castellano, el poema da detallada cuenta del heroísmo desplegado por la población del río de la Plata en aquella ocasión. Valga como muestra algunos versos:
En el campo que se nombra
de Perdriel, por una hacienda,
cuyo dueño así apellida,
………………………………
algunas gentes armadas
de fusil y bayoneta
con dos tristes cañoncitos,
sin avantren ni cureñas
se iban juntando sin orden,
sin guardias ni centinelas,
para unirse con el cuerpo
de tropas que ya se espera.
El General Beresford
que esto sabe con certeza,
el día menos pensado
de noche el viaje acelera
con tren de volantes fraguas,
y sobre toda esta fuerza
quinientos de sus soldados
con sus sables y escopetas.
Los nuestros que descuidados
dormían a rienda suelta,
reciben secreto aviso
que el inglés armado llega.
………………………….
Pero, ¡oh valor español!
superior a cuanto pueda
referirse en las historias,
en fábulas y poemas!
Cuarenta y nueve resuelven
mantenerse en la palestra,
y sostener el ataque
de toda la gente inglesa.
Dijeron, y luego al punto
se preparan a la guerra.
¡Viva España! Dicen todos,
y muera la Inglaterra.
………………………….
Aquí, finalmente todos
como unos héroes pelean;
nadie muere, y se retiran
con orden y gentileza,
dejando en el campo algunos
muertos de la gente inglesa.

Rescatado contemporáneamente por Osvaldo Guglielmino como texto precursor de la poesía gauchi-política, no han trascendido otras pinturas realistas sobre los acontecimientos vividos en esta colonia del Río de la Plata en 1806 y 1807. No es casual. La historia es el manantial de donde los pueblos abrevan para armar la mano y las conciencias en la inmanente lucha por la justicia y la libertad. Oscurecer las causas, ocultar los protagonismos, distorsionar los contenidos de la historia es obra destinada a eliminar ejemplos para emular en el presente. Parece mentira que se pueda llegar a tales extremos, pero lo que fue una epopeya heroica y victoriosa ha trascendido apenas como un rezagado episodio casi intrascendente de nuestra prehistoria; cuando no las aviesas intenciones lo convierten, a la larga, en una derrota de nuestras luchas: ¿acaso no hubiera sido mejor que los ingleses hubieran ganado?
Y así con todos los triunfos populares. ¿No pertenece acaso a nuestra historia el 2 de mayo de 1808, cuando la corajuda insurrección de Madrid da origen a las guerras de la independencia contra la dominación napoleónica? ¿Es casual que el mismo destino corran la resistencia de Felipe Varela a la Guerra del Paraguay y la defensa de la soberanía sobre nuestros ríos en la Vuelta de Obligado en el siglo XIX o las contiendas sociales de anarquistas, socialistas y comunistas de principios del XX? ¿Para qué mencionar el “olvido” de los educadores del 17 de octubre de 1945? No. No importan lo torrentoso que fueren lo caudales de sangre que hayan derramado: los pueblos no pueden tener pasado.
Por eso, la imaginación también hace historia.
Otros testimonios que reafirman la autenticidad del relato del sacerdote (silenciado además por haber sido confesor de Juan Manuel de Rosas) amplían las fuentes que dan lugar a la ficción fundada en el presentimiento de cómo fueron los hechos que protagonizaron los pueblos del virreinato del Río de la Plata durante las “invasiones inglesas” (en rigor, “británicas”). Francisco Saguí, en su colección de obras y documentos, cita a un testigo presencial de aquella epopeya: “La tarea la realizaron guerrillas que voluntariamente se formaban y destacaban los mismos vecinos, particularmente los miñones que sin orden ni disciplina acechaban y avanzaban con puñal en mano matando a los centinelas avanzados”.
Parece cierto sin lugar a dudas que grupos de resistencia se organizaron en la ciudad y sus alrededores (el temido “ejército invisible” de Alzaga, Setenach y Esteve y Llach): existieron planes para volar el Fuerte y pasar a degüello a los rubios custodios del cuartel de la Ranchería. Desde Chuquisaca y Potosí, los patriotas apresuraron su regreso; en la Banda Oriental del Uruguay, el Gobernador Pascual Ruiz Huidobro convocó y entregó armas a la población.
En los bufetes de los abogados y contadores, en las trastiendas de los comercios, bullían las actividades conspirativas. Algunos destacados ciudadanos, de lograrse la expulsión del invasor, preparaban la convocatoria a Cabildo Abierto para juzgar a Sobremonte, derrocarlo y elegir autoridades entre quienes se hubieran hecho cargo de la reconquista; por lo menos hasta recibir nuevas instrucciones de la Corona. La idea de gobierno propio ya estaba cundiendo, aun antes del resultado de la batalla.
En aquellos años, en el vasto territorio de imprecisos límites que se daba en llamar Buenos Aires, los caminos conducían a un puerto. Pero era principalmente el puerto del Tucumán y del enorme y riquísimo conjunto de las posesiones españolas, que abarcaba regiones donde hoy se reconocen países enteros, como Bolivia, Paraguay, Uruguay y parte de Chile y de Brasil. La ciudad de Buenos Aires, capital del Virreinato, cuya mayor importancia era de orden político, era un poblado administrativo y comercial menor en ese contexto. Es claro, entonces, que el objetivo perseguido por los ejércitos imperiales británicos no se limitaba de manera alguna al dominio de la Ciudad; ésta era sólo la puerta de la fabulosa fuente de recursos materiales y humanos que hoy mismo sigue asechada por los ávidos apetitos del capitalismo globalizado.
Hacendado prestigioso y de vasta y buena familia de San Isidro, Juan Martín de Pueyrredón viajó a Montevideo para entrevistarse con Ruiz Huidobro y Liniers. Allí se decidió su regreso a Buenos Aires para reclutar gente de la campaña y apoyar el desembarco de las tropas provenientes de la Banda Oriental. Reunió paisanos, reseros, hombres de trabajo, de 200 kilómetros a la redonda, trayecto luego conocido como “Camino de las Cuarenta Leguas”: unos trescientos varones armados a sus propias costas, con montado, apero, provisiones y armamento. Y los concentró en la Villa de Luján. Las autoridades locales, al notar que la tropa no tenía divisa, hicieron entrega del estandarte oficial del Cabildo. El párroco, Padre Vicente Monte Carballo, rezó una misa, y entregó a cada gaucho unas cintas celestes y blancas de 38 centímetros: “Las medidas del altor de la Virgen”. Esas cintas sirvieron de distintivo, ya que los valientes paisanos vestían ropas de uso ordinario.
A la espera de Liniers y su gente, Pueyrredón resolvió vivaquear con sus hombres en la chacra de Perdriel (hoy Museo José Hernández, en Villa Ballester), propiedad del padre de Manuel Belgrano. Al tanto de ello, Beresford ordenó al coronel Denis Pack, jefe del Regimiento 71, al frente de 500 soldados de línea, reducir a los sublevados. En la madrugada del 1º de agosto de 1806, los ingleses atacaron sorpresivamente el campamento patriota. La tropa criolla, sin uniforme, sin armas de fuego, sin instrucción, pero decidida y valerosa, intentó resistir, pero no tardó en desbandarse ante el arrollador asalto de la experimentada infantería invasora. No obstante, Pueyrredón y un grupo de paisanos se lanzaron contra las líneas enemigas. Sorprendieron a los británicos flanqueando su formación e intentaron apoderarse de algunas piezas de artillería. En el audaz ataque el caballo de Pueyrredón recibió una descarga y se desplomó, despidiendo al jinete que, con destreza propia de un centauro, cayó de pie. Al instante otro gaucho, acercándose al galope, levantó a su jefe en ancas y lo retiró del campo, salvándole la vida. Era Lorenzo López, alcalde de Pilar, que juega un papel destacado en estas Aventuras del Cabo Laguna. La heroica acción no alteró el resultado del combate, pero los gauchos que desplegaron este primer ataque demostraron la vulnerabilidad de los invasores.
Esa tropa, precursora de los ejércitos patriotas, se sumó luego a los hombres que al mando de Liniers desembarcaron en el Tigre y fue protagonista de la heroica Reconquista de la Ciudad de Buenos Aires y también en la Defensa de 1807. Luego, participó en los acontecimientos políticos que gestaron la Revolución de Mayo y en todos los sucesos que desembocarían en un curso histórico definitivo y por fin triunfante: el de la Emancipación Americana.
Las pinturas más vívidas de la bravura con que la capital del virreinato se defendió del invasor provienen del propio enemigo. Contamos con la fiel evidencia de Alexander Gillespie, relator del ejército invasor, que describe la derrota de Beresfod a manos del improvisado ejército organizado por Liniers: “Su ejército se precipitó como torrente a la gran plaza (...) prorrumpiendo en el alarido más horrendo y arrastrando muchos cañones que se emplazaron a cincuenta pasos del portón (...) El capitán Quintana, ayudante del general Liniers (...) animosamente subió a las murallas y, abriéndose el chaleco y extendiendo ambos brazos en toda su longitud, parecía ofrecerse como víctima del furor desenfrenado de la plebe, y con gestos expresivos censuró su indisciplina con resultado instantáneo”.
El júbilo de la victoria del 12 de agosto de 1806 sobre los británicos fue tan inmenso como la admiración por el jefe que había acaudillado la victoria. Pero la escuadra inglesa continuaba dueña del río, esperando refuerzos para intentar el desquite. Ante la inminente amenaza, el 9 septiembre de 1806 Liniers, nombrado Gobernador Militar, emitió un Bando conforme a la ley de milicias que lo autorizaba a convocar al servicio militar a “Todos los vecinos y los extranjeros con más de cuatro años de residencia o casados y con bienes en el país". Los citó a la Real Fortaleza “A fin de arreglar los Batallones y Compañías, nombrando los Comandantes y sus segundos, los Capitanes y los Tenientes, a voluntad de los mismos cuerpos”. Y advirtió: “Ninguna persona en estado de tomar las armas dejará de asistir, so pena de ser tenida por sospechosa y notada de incivismo...”
Se crearon entonces una veintena de cuerpos voluntarios de todos los estamentos que elegirían por votación a sus jefes. Se alistaron criollos y españoles europeos, ricos y pobres, amos y esclavos, comerciantes y artesanos, profesionales y sirvientes, hacendados y paisanos, labradores y funcionarios, militares y sacerdotes, dispuestos nuevamente a comprometerse por su dignidad; hasta los indios se ofrecieron por medio del Cacique Catemilla a formar cuerpos de caballería.
Sobre la organización de las fuerzas milicianas de servicio obligatorio se formaron cinco Tercios de Infantería (vizcaínos y castellanos, montañeses, gallegos, andaluces y catalanes, y los hijos de estos españoles que se incorporaron al tercio correspondiente al origen de sus padres), que incluyeron la Legión Patricia (de la Patria, Buenos Aires), los Arribeños (del Alto Perú), los Castas (pardos, morenos e indios), los Granaderos y los Cazadores Correntinos; la caballería, que se organizó en tres cuerpos de Húsares, Migueletes y Labradores (donde se alistaron las gentes de las orillas); y por último, los Milicianos Artilleros, el Regimiento Unión (de criollos y catalanes) y una Maestranza, todos compuestos con voluntarios reclutados entre el pueblo insubordinado. Al mando de Saavedra, Pueyrredón, Martín Rodríguez, Murgiondo y otros iniciados en las artes militares, sirvieron como oficiales empleados, abogados, comerciantes y poetas como Belgrano, Viamonte, Díaz Vélez, Vicente López y Planes, Medrano, Chiclana, French. Además de la inexperiencia de estos oficiales, apenas una décima parte de esas fuerzas eran soldados veteranos.
Cuyo aportó caballos y jinetes. Tucumán mulas y carruajes. Del Paraguay y Corrientes llegaron contingentes organizados. Provenientes de Perú y Chile arribaron a la Ciudad dos mil quintales de pólvora.
La participación del pueblo en la Reconquista no se redujo a arriesgar la vida en los combates. Martín de Alzaga, fuerte comerciante del puerto y Alcalde de Primer Voto en el Cabildo, exigió a la población de la ciudad “contribuciones patrióticas” y “donativos individuales”. La obligación reunió más de un millón de pesos plata. Con esos recursos compró caballos, atalajes y cureñas para los cañones y pagó importantes cifras en la manumisión de esclavos. Luego puso a trabajar al pueblo de la ciudad y al crecido número de paisanos de las afueras instalados en ella esperando el reclutamiento: creó una maestranza para fabricar uniformes, arneses y espadas y reparar dos mil fusiles inservibles, fundir balas con materiales que donaron los vecinos, construir cuadras para la caballería, baterías, reductos para la artillería, etc. Al mismo tiempo, se imprimieron proclamas, órdenes, poesías épicas y, del teniente miliciano Vicente López y Planes, su poema “Triunfo Argentino”, que inflamaron espiritualmente a la población. La tarea no era fácil: “(…) Encuentra burlas y reticencias de la gente principal”. Así lo recordará Liniers: “¡Qué no trabajaría yo en los 11 meses después de echar a los ingleses de Buenos Aires para hacer guerrero a un pueblo de negociantes y ricos propietarios! (...) El dependiente era más apto que el patrón (...) Aproveché la confianza que me adquirieron mis servicios a los habitantes para hacerlos capaces de defenderse contra todos los esfuerzos de la Gran Bretaña para vencerlos”.
En una oscura conspiración, para esos días -y en vistas al inminente segundo desembarco- se produjo la fuga de los prisioneros ingleses (entre ellos, Beresford y Pack) que esta novela evoca. Los oficiales de alto rango confinados en Luján en virtud de los compromisos que supuso la capitulación de su ejército, violaron el compromiso de su palabra de honor y protagonizaron un indecoroso proceder, en complicidad con traidores y contrabandistas criollos y españoles. El hecho desató un repudio unánime en la ya encolerizada sociedad de la época. Además, durante los casi cinco meses del nuevo asedio al Río de la Plata, los ingleses acometieron una invasión mucho más sutil y silenciosa: los puertos se vieron abarrotados de buques mercantes, contrabandistas que desembarcaron toda clase de mercancías de su industria a precios ínfimos; mientras la población era hostigada con propaganda que insistía sobre las libertades que gozarían los habitantes del virreinato del Río de la Plata como súbditos de Su Majestad Británica.
Los primeros días del año 1807, las fuerzas imperiales reiniciaron su ofensiva militar a bordo de la flota más grande jamás vista por estas latitudes. El 5 de enero la expedición del Brigadier Samuel Auchmuty llegó a la Banda Oriental. Pretendía asegurar una cabeza de playa en Maldonado pero se lo impidieron las guerrillas gauchas. El jefe británico resolvió entonces apoderarse de Montevideo, a la que atacó con máxima violencia a partir de la mañana del 2 de febrero. Se combatió toda la noche. La heroica resistencia fue doblegada y los ingleses terminaron colándose por una brecha abierta a cañonazos en la muralla hacia el amanecer del día 3. La Ciudad vivió momentos de terror por el saqueo de la soldadesca británica que asoló a Montevideo. Hubo 800 muertos y un millar de heridos y Pascual Ruiz Huidobro, gobernador y comandante de la plaza, cayó prisionero.
La noticia de la caída de Montevideo desencadenó en Buenos Aires una ola de indignación contra Sobremonte, otra vez inepto y ahora sospechoso de traición. Liniers convocó a Junta de Guerra bajo presión del pueblo reunido en la Plaza. ¡Viva el Rey! ¡Muera el Virrey!, bramaba la multitud. Dentro del Cabildo, Alzaga reclamó la deposición de Sobremonte “Porque ante el peligro, no hay más ley que la salvación del pueblo”. El 17 de febrero el Virrey fue arrestado, sentándose el antecedente de la Revolución que sobrevendría tres años más tarde.
El 28 de junio de 1807 los ingleses desembarcaron sus fuerzas a pocos kilómetros al sur de la ciudad de Buenos Aires, en la Ensenada de Barragán: esta vez, fueron 12 mil hombres expertos y disciplinados, al mando del laureado General John Withelocke. Y el 2 de julio la vanguardia británica llegó hasta la costa del Riachuelo; mientras, otras columnas inglesas chocaban las fuerzas de Liniers: en los Corrales de Miserere, entrada oeste de la Ciudad, los novatos cuerpos de milicia popular tuvieron su bautismo de fuego, aunque no consiguieron detener al invasor. Sin embargo el Cabildo, por moción de Martín de Alzaga, dispuso la defensa de la ciudad, con la colaboración de todos los habitantes: se levantaron parapetos de tierra y tercios de yerba retobados y se cavaron trincheras en las esquinas; con las piedras se improvisaron proyectiles que se subieron a los techos; se distribuyeron estratégicamente las baterías de cañones, se convirtió a las casas en fortalezas y se iluminaron las calles como en las grandes fiestas. Nadie dormía ni descansaba en Buenos Aires. Trabajaron todos: esclavos y libres, blancos, negros y mulatos. Las azoteas próximas a la Plaza fueron ocupadas por tropas con armas, municiones, granadas y los llamados “frascos de fuego”; los vecinos colocaron muebles pesados, objetos grandes y jarras donde cargar grasa caliente para arrojar a los invasores. Con una ciudad lista para resistir, se acantonaron las escasas, bisoñas y mal armadas tropas en los puestos de combate.
El domingo 5, a la madrugada, Whitelocke lanzó el asalto a la capital del virreinato desde la actual Plaza Once con 8500 hombres repartidos en trece columnas, que debían avanzar por calles paralelas hasta la Plaza Mayor. Las centrales fracasaron contra las azoteas de las viviendas y las trincheras defendidas por la población: cada hombre, mujer, anciano y niño, de cualquier condición, fue un soldado. El avance británico se hizo a costa de grandes bajas, casa por casa.
El Regimiento 88° capituló frente a los “Arribeños” en la esquina de las actuales calles Sarmiento y Maipú; la caballería quedó encerrada por el fuego patriótico en la Plaza Lorea; el mayor Cadogan rindió su columna ante los “Patricios”; Crauford y Pack lo hicieron al cabo de un violentísimo combate ante Liniers en Santo Domingo. Al caer de una tarde fatídica, la reserva invasora se desplazaba dificultosamente desde el Riachuelo por la calle larga de Barracas (Montes de Oca) en infructuoso empeño.
Sólo la columna inglesa norte, por avanzar entre casas de adobe y las orillas de las quintas, estuvo a punto de alcanzar un efímero objetivo: la Plaza de Toros y el Cuartel del Retiro; pero con un heroísmo sin par, la Legión de los Patricios, los Marinos y los Pardos y Morenos junto a la Compañía de Granaderos del Tercio de Gallegos, terminaron por imponerse a los invasores, que los triplicaban en número, al fin de horas de combate. Al llegar la noche el fuego cesó en tregua caballeresca. Hasta ese momento, el enemigo había perdido, entre muertos, heridos y prisioneros, la mitad de sus tropas. Y la situación se había revertido: ahora eran los ingleses quienes se defendían del ataque de los patriotas.
Al cabo de diversas alternativas, el jefe de la fuerza invasora parlamentó ante Liniers. Al mediodía del martes 7 de julio de 1807 se firmó la capitulación británica y el cese de hostilidades, con la condición de devolución de los prisioneros, reembarco de las tropas invasoras y entrega de Montevideo. Los criollos tenían 200 muertos y 500 heridos e innumerables bajas, calculadas en dos mil, en la población civil. Pero habían vencido. Las campanas echaron a vuelo, los vecinos se abrazaron en las calles, las tropas descargaron sus fusiles al aire.
La más impresionante y a la vez más insospechable descripción de esta batalla, es la que surge de la defensa que el General Whitelocke interpone ante la Corte Marcial que se le incoa por la derrota en el Plata, recientemente traducida al castellano, y sobre la que vale la pena extenderse: “(…) No teníamos, al llegar yo a Sudamérica, ni un sólo amigo en todo el país (...) toda la población nos fue hostil desde el principio (...) la gente, sin excepción, era adversa a nosotros (…)” declara Whitelocke. “Esperé, al llegar -confiesa el comandante británico- encontrar una gran proporción de los habitantes preparados para ayudarnos en nuestros objetivos, información exacta para planear las futuras operaciones -se refiere al propósito de avanzar sobre el interior del virreinato, ya que Buenos Aires era apenas la cabecera de puente de la invasión- que surgiese de un trato amistoso con ellos, y un cuerpo de caballería formado, o al menos los medios para formarlo. Encontré un país completamente hostil, en el cual no podíamos, sea por medios conciliadores o por interés, obtener un amigo que nos asistiese o aconsejase, o nos procurase la menor información (...) sino que la única disposición manifestada a tal respecto por el general Elío, durante toda la conversación con el mayor Roache, fue una indisimulada e inequívoca determinación de no rendirse, y ni siquiera permitir hablar sobre términos (...) Por lo tanto, esperábamos una fuerte resistencia. (...) Se puede citar una multitud de ejemplos en que una cierta proporción de la población joven y activa ha incrementado los efectivos de la defensa, pero en general la población siempre ha dificultado, en lugar de asistir a los esfuerzos de un ejército defensor. Nadie, diría yo, puede presentar un ejemplo como el actual, en el cual no hay exageración alguna en decir que cada varón del lugar, sea libre o esclavo, peleó con una resolución y una perseverancia que no podía esperarse, incluso por el entusiasmo de la religión o el prejuicio nacional, o la más inveterada e implacable hostilidad. Estoy dispuesto a confesar que no había contemplado la posibilidad de tal resistencia, llevada a cabo por toda la población. (...) El objetivo era atravesar la ciudad, tan rápidamente como fuera posible, de manera de entrar en contacto con los soldados españoles, considerando a los habitantes menos merecedores de atención. (...) Admito que, si yo hubiera previsto la desesperada resistencia del enemigo, no habría realizado ese ataque.” Por fin, Sir John Whitelocke, reconoce que, a la hora de la capitulación: “Yo estaba convencido, y sobre esto el general Grower y sir Samuel Auchmuty coincidían conmigo, de que la captura de la ciudad no hubiera reportado, en las circunstancias en que estábamos, ningún beneficio; y era dudoso que hubiéramos podido mantenerla, en caso de haberla tomado (…)”
Gabriel Di Meglio en “Viva el bajo pueblo” refiere que, después de la Defensa, “Liniers invitó a almorzar con él al Cabildo, al obispo y a la audiencia, pero también a los comandantes de cuerpos, junto a un capitán, un teniente, un alférez, un sargento, un cabo y un soldado de cada uno; es decir, a todo el Buenos Aires masculino”. Luego, este autor concluye: “La experiencia de la lucha contra los ingleses determinó la forma en que los porteños se pensaron de ahí en más y el modo en que miraron los acontecimientos posteriores.”
Es que aquellos hechos no sólo confirmaron la aptitud que la población tenía para la guerra: es principal destacar el componente político que hizo posible la expulsión del inglés. Ante el invasor, que venía a imponer un nuevo vasallaje y más actualizadas formas de explotación económica, primó por encima de todo: LA UNIDAD. La victoria fue posible porque se disolvieron los estamentos, se refutó la esclavitud, se igualaron las fortunas, se equipararon los patrimonios: un gaucho alzado o un indio y un patricio hacendado o un comerciante pasaron a valer lo mismo: un caballo, un cuchillo y un fusil.
Aquellos paisanos, y entre ellos Martín Miguel de Güemes, Juan Manuel de Rosas, José Gervasio Artigas, Juan Bautista Bustos y Manuela la Tucumanesa, paraguayos, chilenos, peruanos y, por supuesto, orientales que participaron de la Reconquista, pobres y ricos, campesinos, productores, contrabandistas, mercachifles o artesanos, criollos y españoles, indios, negros, zambos y mulatos, de la campaña bonaerense y del interior del virreinato, fueron los verdaderos protagonistas de aquella epopeya y quienes generaron las condiciones para el éxito de la Revolución de Mayo.
El combate y lo que se desencadenó luego apuntalarán el acerto de que el pueblo hace la historia.
Hacía falta un Manuel Vázquez Montalbán criollo para que contara nuestro “día de cólera.” Matizado con una historia de amor, gracias a la pluma gaucha de Manuel Ares que escribe lo que muchos argentinos intuimos que ocurrió en aquellas jornadas, aquí lo tenemos.


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