viernes, 17 de junio de 2022

Aritz Recalde: “El relanzamiento de la Escuela Superior Peronista supone que la CGT recupere el protagonismo que dejó de tener”

 El sociólogo habló con AGENCIA PACO URONDO sobre el relanzamiento de la experiencia


formativa destinada a la formación de cuadros de conducción del movimiento obrero.

 

 Por Juan Borges

El sociólogo Aritz Recalde será parte del plantel docente del relanzamiento de Escuela Superior Peronista de la CGT. La central obrera busca recuperar la experiencia creada en 1951 para la formación de nuevos cuadros de conducción del movimiento. En una entrevista con AGENCIA PACO URONDO, Recalde reflexiona su mirada sobre el lanzamiento formativo y realiza un diagnóstico sobre la situación actual del peronismo.

 

AGENCIA PACO URONDO: ¿Qué representa el lanzamiento de la Escuela Superior Peronista?

Aritz Recalde: Es un importante lanzamiento teniendo en cuenta la dimensión y la envergadura de la Confederación General del Trabajo, quienes son los impulsores de esta cursada. Toma una decisión central que es profundizar la formación doctrinaria de sus dirigentes. Supone para el movimiento obrero una ratificación de la formación para la conducción sindical y por otro lado que la CGT recupere ese protagonismo que dejó de tener y para nuestro país es fundamental para recuperar un desarrollo soberano.

 

APU: ¿Por qué en esta coyuntura tan compleja se lanza la Escuela?

A.R.: Hay una notable crisis en los partidos políticos, eso se ve en la coyuntura actual. Aunque sean una herramienta del mercadeo electoral, para el pueblo argentino el balance es desastroso. En 1974 había 800.000 pobres y hoy hay veinte millones. Sin embargo el país hoy tiene casi un PBI como en ese año. La diferencia más sustancial es que en esa etapa había un justicialismo cuyo eje era el movimiento obrero. La gente se expresa en las urnas y manifiesta un repudio a la democracia. Por eso considero que el único actor capaz de brindar un proyecto alternativo es el Movimiento Obrero Organizado. Por eso la Escuela es vital en este proceso de formación y fortalecimiento tan necesario para el movimiento obrero. Ante la incapacidad de la clase política actualmente es necesario que los trabajadores organizados tomen un lugar central y necesario para sacar el país adelante.

 

APU. ¿En qué situación observa al peronismo en la actualidad?

A.R..: Desde el retorno a la democracia el peronismo pasó de ser un movimiento para convertirse en un partido. Con una estructura electoral. El balance es muy negativo, sin embargo hubo momentos positivos para el pueblo como en el gobierno de Néstor Kirchner. El balance general ha sido la extranjerización de la economía. La mayoría de las decisiones del país se toman desde el extranjero y para beneficiar a la timba financiera. Es una semicolonia dado que formalmente es soberano pero en los hechos las decisiones se toman en el extranjero.

 

LOS DETALLES DEL CURSO DE FORMACIÓN

 

En el relanzamiento se presentará el primero de los cursos a dictar en el que se retomarán los módulos originales de la escuela lanzada por Perón y los orienta a los aspectos de la actualidad y de la agenda propia del movimiento obrero organizado.

El curso se dictará desde el 16 de junio hasta el 17 de noviembre con modalidad presencial y virtual.  Serán en total 12 clases con una frecuencia de dos encuentros mensuales.

Las clases presenciales se harán en el Salón Felipe Vallese de la CGT y se emitirán por Zoom y/o Youtube para facilitar el alcance federal. Serán entregados certificados a todos los estudiantes que hayan alcanzado el 80% de asistencia.

El programa de estudios tiene una duración de cinco meses y está dividido en siete módulos, programados de la siguiente forma:

 

Módulo 1: Historia del Peronismo y de sus realizaciones

Módulo 2: Filosofía y doctrina peronista

Módulo 3: Conducción Política

 Módulo 4. Economía peronista

Módulo 5. Situación social argentina y mundo del trabajo

Módulo 6. Taller: “Mantener al día la Doctrina Peronista”

Módulo 7. Política y organización del Movimiento Obrero y del Movimiento peronista

 

El plantel docente está compuesto por Aritz Recalde, Juan Godoy, Aníbal Torretta, Iciar Recalde, Damián Descalzo, Juan Archibaldo Lanus, Néstor Forero y Agustín Salvia.

miércoles, 13 de abril de 2022

De la crisis de valores a la crisis del sistema político

 Aritz Recalde, abril 2022


El país se encuentra atravesando una crisis económica de mediano y de largo plazo, iniciada con la caída del tercer peronismo y con la instalación del programa de la dictadura de 1976. Desde esa fecha hasta la actualidad, la Argentina pasó por un proceso de avances y de retrocesos de iniciativas políticas cuyo balance general es la desindustrialización, la extranjerización y la concentración económica. En las últimas cuatro décadas se produjeron ciclos de estancamiento (1983-1991 y 2013-2020), seguidos de etapas de crecimiento (1991-1998 y 2003-2012) y momentos de traumáticos quiebres económicos y políticos (1989, 2001 y 2019).

En el plano social, ese modelo de país derivó en un índice de pobreza estructural que ronda el 30 por ciento. En épocas de inestabilidad económica esa cifra aumenta y castiga entre el 45 y 50 por ciento de los argentinos.

A ese difícil contexto se le agrega la prolongación de una crisis política e institucional que se hizo evidente en el año 2001. Luego de décadas de régimen democrático, hoy se vuelve evidente la incapacidad del sistema de partidos para construir un proyecto colectivo que integre a todos los argentinos. Con la democracia, lamentablemente, no se come, tampoco se viste y menos aún hay garantía de educación y de ascenso social.

Las crisis debilitan la credibilidad del sistema político e inducen a la población a una situación emocional sumamente inestable. Los Partidos tradicionales adolecen de doctrina y de agenda programática y fluctúan en función de la agenda mundial y del mercadeo y la competencia electoral. Es habitual que el país cambie radicalmente la política de desarrollo y la Argentina construye y destruye el Gobierno y el Estado, cuestión que constituye una característica normal de su comportamiento histórico.

En paralelo a la inestabilidad económica, social y política, la Argentina atraviesa un sinuoso proceso de destrucción de los cimientos culturales y morales que conocemos. Se instaló un mecanismo argumentativo autodenigratorio, caracterizado por universalizar los problemas particulares y presentarlos como un atributo esencial, originario y determinante del ser de las instituciones y de los actores colectivos.

Los protagonistas de la demolición de los valores son los ideológicos progresistas y liberales. En el periodismo y en la dirigencia se producen y circulan corrosivos discursos que demuelen a martillazos las columnas que sostienen nuestra tradición nacional. A diferencia de otras épocas, la destrucción de los cimientos identitarios no viene acompañada de una propuesta superadora de nueva sociedad.

Parte del peronismo abandonó su posición doctrinaria, aquella que lo caracterizó por ser revolucionario en lo social, industrialista en lo productivo y tradicionalista y socialcristiano en lo cultural. El progresismo ocupó el centro con su ideología liberal de izquierda, que propone el cambio radical de la cultura y la moderación en las transformaciones económicas y sociales.

La crítica radical progresista difunde como dogma incuestionable que los Jueces y la justicia —en su totalidad y sin matices— son corruptos y oligárquicos. Los policías son identificados como un conjunto de “criminales con placa”. Los curas y pastores son acusados de ser anti derechos y patriarcales. Los hombres son representados como inmanentemente violentos. Para el progresismo, los militares son genocidas y la continuación perversa de la dictadura. En esta ideología, los empresarios agrarios e industriales se caracterizan por ser oligarcas, evasores y explotadores.

El liberalismo está dedicado a formar opinión pública persuadiendo acerca de que los sindicatos son burócratas y factores distorsivos del capitalismo. Los operadores de prensa del liberalismo construyen la imagen de que todos los políticos son corruptos y arribistas. En esa misma línea, atacan a los maestros y educadores por ser supuestamente vagos e incapaces y por hacer política en las aulas.

El resultado directo de estas ideologías es el aumento del descreimiento sobre la justicia, la política, el Estado y sobre la totalidad de las instituciones y valores que regularon la comunidad en las últimas décadas. Nada queda en pie y todo debe ser disuelto en un relativismo extremo y angustiante. Las familias son atacadas por oficiar de cárceles y la maternidad y la paternidad son señaladas como una carga. Los padres son acusados de ser pequeños dictadores y el principio de autoridad desaparece del seno familiar. Dicha ideología, llevada a la gestión del Gobierno, hoy justifica la inexistencia de políticas de protección familiar de la infancia y de las embarazadas. La mutación  valorativa llevó al peronismo a abandonar el valor constitutivo de su proyecto revolucionario, aquel que indicaba que los “únicos privilegiados son los niños”, y el Estado hoy no está garantizando un piso mínimo de cuidado y dignidad para la gran mayoría de los 800 mil nacimientos por año, dejándolos a la deriva en una de las peores crisis sociales y sanitarias de la historia.

Para un sector del progresismo, las religiones serían la droga del pueblo, las iglesias campos de concentración ideológica y los fieles unos “irracionales seguidores de Bolsonaro”. Como resultado de esa ideología, en los últimos años se produjeron agresiones contra los lugares de culto en un país que históricamente se caracterizó por el diálogo interreligioso. De continuarse esta tendencia, es de esperar que el sector agredido reaccione y el país vuelva, potencialmente, a reiterar el enfrentamiento ideológico de los años setenta. El liberalismo de izquierda, si bien puede interpelar a círculos intelectuales de las grandes ciudades, no representa a la mayoría popular de las provincias federales de tradición católica, que no comprende a la dirigencia iluminista que viene perdiendo legitimidad y representatividad a una velocidad inusitada.

La incapacidad de los partidos de encontrar soluciones sociales y económicas para las mayorías, está haciendo de la democracia un sistema de representación de minorías. La inexistencia de partidos doctrinarios y la falta de comportamientos ejemplares entre la dirigencia, están esmerilando la credibilidad dirigencial. En este marco, la  crítica liberal contra la política adquiere asidero y persuade a una parte importante de la sociedad que cada día se encuentra más radicalizada en su nihilismo. En dos años, el oficialismo nacional perdió casi cinco millones de votos, de la misma manera que lo hizo la ALIANZA entre 1999 y 2001. En el año 2021 más de un millón de electores votaron en blanco o directamente impugnaron su voto. El descreimiento creciente sobre la actividad partidaria pone en riesgo la estabilidad del conjunto del sistema y se auto engañan todos aquellos que creen que solamente está en juego perder una elección en 2023.

La actual acción cultural es corrosiva y está profundizando la ruptura de los principios solidarios que históricamente unieron a la comunidad. En su lugar se exacerba el individualismo y la anárquica e imparable violencia interpersonal ocupa crecientemente el escenario público de las grandes urbes.

Los argentinos cada día creen menos en el Estado de derecho y el método de “justicia por mano propia” aumenta, derivando en enfrentamientos entre particulares. Aumenta la violencia en los barrios y en las escuelas. El tránsito se torna caótico y el gesto más simple en un cruce de esquinas desata conflictos y agresiones. La educación pública está en una severa crisis de sentido y la clase media y alta la abandonaron como perspectiva para sus hijos, profundizando la grieta cultural y las distancias entre ricos y pobres.

Hoy crece el escepticismo, la angustia y el descreimiento popular sobre la posibilidad de que el país mejore. Una parte de los argentinos está llenando ese vacío existencial y moral a partir de reforzar sus convicciones religiosas. La expansión del evangelismo y la elección de la educación religiosa católica por los padres es una muestra de aquello. Otro sector de la sociedad intenta no naufragar en el tsunami ideológico y político actual, buscando reconstruir su pequeña comunidad familiar, del club, el sindicato, la agrupación o el barrio.

El consumo de drogas y de ansiolíticos entre la juventud se ofrece como alternativa al sentimiento creciente acerca de que el “país no tiene arreglo”. En paralelo y de manera similar al año 2000, una parte importante de la clase media se está yendo del país a buscar mejor destino en otras latitudes. En un sector cada vez más grande de la población se profundiza la inestabilidad emocional y eso supone, potencialmente, el sentimiento de frustración que puede derivar en una explosión social.

Está desapareciendo el concepto de Nación como unidad de destino y principio de solidaridad social y, en su lugar, la Argentina se vuelve una masa de consumidores desiguales y mayoritariamente pobres.

En este crucial momento histórico, y a diferencia de lo que creen tanto liberales como progresistas, la Argentina no tiene que demoler sus valores y tradiciones, sino que necesita reconstruir su cultura y la credibilidad en las instituciones fundantes. Es momento de reforzar la solidaridad social comunitaria que le dieron identidad y cohesión a la Nación. Sobre estos principios se debe forjar un nuevo pacto social y moral a partir del cual formular un gran acuerdo político de refundación nacional.

viernes, 4 de febrero de 2022

Creación de nuevas municipalidades en la provincia de Buenos Aires: Proyecto Génesis 2000

 Aritz Recalde (*), febrero 2022 


 Publicado en REVISTA MOVIMIENTO

Estudios de factibilidad  para un nuevo modelo municipal

Eduardo Duhalde puntualizó que la iniciativa de creación de nuevas municipalidades contemplada en el Proyecto Génesis 2000, surgió para “Superar los problemas de gobernabilidad derivados del crecimiento y de la concentración demográfica en algunos distritos del Gran Buenos Aires” (Duhalde 1999 b). En su óptica, por un tema de técnica de gobierno, de mejor vínculo con la gente y de capacidad de gestión estatal, las municipalidades bonaerenses no tenían que superar los 200 mil habitantes.

Con el fin de resolver los problemas enumerados, Duhalde impulsó el Proyecto Génesis 2000 que realizó un estudio sistemático de la temática municipal del Conurbano. El Proyecto fue diagramado por un equipo interdisciplinario del Consejo Federal de Inversiones (CFI), como parte de un Convenio firmado con la provincia (ratificado por el Decreto 1690/93). La tarea fue coordinada por el entonces diputado nacional Carlos Raúl Álvarez. En el anexo del Convenio se incluyó un Plan de trabajo que tenía como objetivo relevar tres tipos de información:

I-                    Caracterización Socio-económica: análisis demográfico. Características socio -económicas de la población. Actividades económicas. Características actuales y su posible desarrollo futuro. Diagnóstico y Conclusiones.

II-                  Finanzas Municipales: gasto e Inversiones. Planta de Personal. Ingresos Municipales. Programas de racionalización encarados por el Municipio. Diagnóstico y conclusiones.

III-                Relevamiento de infraestructura de servicios: caracterización de las áreas. Infraestructura de servicios (agua, desagües, cloacas, electricidad, gas, telefonía y recolección de residuos). Diagnóstico y conclusiones.

 

Se tuvieron en cuenta los antecedentes históricos y culturales. En todos los casos detrás de cada iniciativa hubo diversas instituciones y actores sociales promotores, como fue el caso de las comisiones pro autonomía municipal.

El estudio reflejó la existencia de diversos problemas estructurales y remarcó su potencial agravamiento. El Proyecto consideró necesario promover municipios más pequeños y menos poblados, auspiciando la formación de gobiernos más ejecutivos y no tan burocráticos. Se proponía descentralizar la gestión bajo la figura de delegaciones, reducir gastos de los Concejos Deliberantes y tener una gestión más eficiente en los planos tributario y financiero. En el aspecto político, se destacó que los flamantes municipios darían mayor representatividad a nuevos grupos y actores sociales y económicos (Soria 2005).    

En el marco del Proyecto Génesis 2000 entre los años 1993 y 1994 se diagramaron -y luego aprobaron-, los proyectos de creación de las municipalidades de Ezeiza, José C. Paz, Malvinas Argentinas, San Miguel, Ituzaingó y Hurlingan.

El Proyecto Génesis 2000 incluyó una “segunda etapa” que proponía dividir “La Matanza (fraccionada en La Matanza, Los Tapiales, Juan Manuel de Rosas y Gregorio de Laferrere o en San Justo, Aldo Bonzi, Isidro Casanova y Gregorio de Lafarrere), Quilmes (dando lugar a la autonomía de San Francisco Solano), Lomas de Zamora[1] (creando San José y Llavallol), Merlo (dando lugar a la creación de Libertad), Florencio Varela, Berazategul e incluso se hablaba de Tigre (General Pacheco-Talar, y Don Torcuato)” (Soria 2005) (Arcuri 1999).

En las leyes de creación de las municipalidades se impulsó el esquema de gobierno sobre las bases de la “Modernización tecnológica administrativa”, la “Desburocratización”, la “Descentralización funcional y administrativa”, la “Gestión, presupuesto y control por resultados”, la “Calidad de servicio cercanía con el vecino”, la “Proporcionalidad del gasto de los Concejos Deliberantes respecto de los presupuestos globales de los Municipios” y  la “Racionalidad de estructuras administrativas y plantas de personal acorde a las modalidades de prestación de los servicios”.

Por fuera del Proyecto Génesis 2000, durante la gestión del Gobernador Duhalde y retomado diversas iniciativas[2], se impulsaron las municipalidades de Punta de Indio y de Presidente Perón.

 

 

 

Las nuevas municipalidades

Las municipalidades de Ituzaingó  e Hurlingham (Ley 11.610/95) fueron fundadas sobre el Partido de Morón. 

Malvinas Argentinas, José C. Paz y San Miguel (Ley 11.551/94) se crearon a partir de la división del Partido de General Sarmiento, que también cedió a Pilar la localidad de Del Viso.

La municipalidad de Ezeiza (Ley 11.550/94) fue desarrollada sobre el territorio de Esteban Echeverría, que por la misma ley transfirió bienes y recursos a Cañuelas y a San Vicente. 

Presidente Perón (Ley 11.480/94) surgió con asiento en la ciudad de Guernica a partir de desprendimientos de los Partidos de San Vicente, de Florencio Varela y de Esteban Echeverría.

La municipalidad de Punta Indio (Ley 11.584/95) fue desarrollada sobre el territorio del Partido de Magdalena y se declaró a Verónica como cabecera del Partido.

 

Metodología de implementación de las iniciativas

La ley 11.752/96 reguló aspectos centrales para la constitución de las nuevas municipalidades del conurbano (Proyecto Génesis 2000) y del interior[3].

La norma definió que serían Organismos de Aplicación la Subsecretaría de Asuntos Municipales del Ministerio de Gobierno y Justicia (municipios del interior) y la Secretaría de Desarrollo Institucional de la Unidad Ejecutora de Administración y Ejecución de Financiamiento de programas Sociales del Conurbano Bonaerense (municipios del conurbano).

Se incluyeron las siguientes cuestiones:

-          El establecimiento de la vigencia de las ordenanzas y los decretos reglamentarios de los partidos preexistentes;

-          La facultad de los Departamentos Ejecutivos para negociar y resolver la aplicación de los contratos, convenios y concesiones vigentes en los municipios preexistentes;

-          En temas de personal se especificó que los “Municipios deberán cubrir sus planteles con personal de los Partidos preexistentes”;

-          La norma reguló los tributos que cobrarían los nuevos Municipios y mandató al Ministerio de Economía a calcular los “coeficientes y los montos de la coparticipación”. Se estableció la modalidad de asunción de las obligaciones y deudas.

-          La Ley autorizó a los nuevos gobiernos a emitir “Bonos de Saneamiento Financiero”.  Su desembolso era garantizado por la Coparticipación Municipal y serían pagaderos a 16 años.

 

Las nuevas municipalidades supusieron una importante logística para distribuir, reasignar o adquirir bienes muebles e inmuebles, para determinar impuestos y gravámenes a cobrar y para reorganizar el personal. La tarea de ordenación financiera contempló la determinación de las deudas y de los créditos y la fijación de los montos de la coparticipación de impuestos, entre otros temas. Para garantizar el funcionamiento municipal se crearon Juzgados de Paz, Registros, cementerios, hospitales, etc.

En cada caso, se organizó e implementó la convocatoria a elecciones y la formación de los nuevos órganos de gobierno.

La implementación y la dotación del equipamiento y la infraestructura de las municipalidades desarrolladas en el marco del Proyecto Génesis 2000, fue realizada por el Ente de Reconstrucción del Gran Buenos Aires. Tal cual comentamos en trabajos anteriores, desde dicho organismo se construyeron edificios, se realizaron diversas obras de infraestructura y se adquirió equipamiento informático, vial y maquinaria, entre otros (Recalde 2020 b) (Arcuri 1999).

Según estudios oficiales, al poco tiempo de creadas las municipalidades, alcanzaron autonomía administrativa y elevaron el nivel de cobrabilidad de tasas e ingresos (Arcuri 1999). En una entrevista del año 2020, el Coordinador del proyecto Génesis 2000, Carlos R. Álvarez, destacó que "Podemos observar como mejoró la infraestructura urbana, las nuevas sedes municipales, los cuerpos deliberativos, la proyección de la infraestructura escolar, el tendido de redes carreteras, la recuperación de espacios públicos, el tendido de luminarias y todo aquello que desde los inicios de esta decisión estratégica aparecía como horizonte" (Gianello 2020).

 

(*) El artículo es parte del Proyecto de Investigación de la UNLa “Las políticas públicas de las gobernaciones de Antonio Cafiero y de Eduardo Duhalde (1987 -1999)”.

 

Bibliografía citada

Arcuri Antonio Ernesto (1999) El conurbano bonaerense: origen, crecimiento y transformación, Buenos Aires.

Duhalde Eduardo (1999 b) Otro                Estado  es           posible. Diez mensajes fundamentales, Secretaría de                Coordinación     de          Estrategias         de          Gobierno, Buenos Aires.

(2017) Superar egoísmo para modernizar municipios, Diario el Día, 27/1/2017.

https://www.eldia.com/nota/2017-1-27-superar-egoismos-para-modernizar-municipios

Gianello Pedro (2020) A 25 años de la división de los municipios del GBA: la trama oculta de un plan que quedó trunco por los tironeos políticos, Suplemento Zonales, Diario Clarín, https://www.clarin.com/zonales/25-anos-division-municipios-gba-trama-oculta-plan-quedo-trunco-tironeos-politicos_0_JEawHGpGH.html

Recalde Aritz (2020-b) Reparación histórica en la Provincia de Buenos Aires: el Fondo de Financiamiento de Programas Sociales en el Conurbano Bonaerense, Revista Movimiento, CABA.

Soria María Lidea (2005) Área metropolitana de Buenos Aires: fragmentación y consolidación territorial del municipio durante la década del noventa, Tesis de Maestría, FFyL de la UBA.

 



[1] En la Apertura de Sesiones de la Legislatura del año 1999, Duhalde mencionó que enviaría los proyectos de división de los Partidos de La Matanza y de Lomas de Zamora y el de creación del distrito de Huanguelén (Duhalde 1999 b). Éste último proyecto adquirió media sanción por parte de la Cámara de Diputados.

[2] Entre los antecedentes para la creación de nuevas municipalidades pueden mencionarse las Comisiones pro autonomía, los documentos de la Comisión de Asuntos Municipales de la Provincia y los diversos proyectos de ley de la Cámara de Senadores y de Diputados bonaerense, entre otros.

[3] Durante la Gobernación de Duhalde en el interior de la Provincia se creó Punta Indio. Anteriormente y durante la gestión de la UCR, se habían promovido los municipios de Tres Lomas sobre el territorio de Pellegrini (Ley 10.469/86). En la gestión de Cafiero, nació Florentino Ameghino sobre el territorio perteneciente al Partido de General Pinto  (Ley 11.071/91).

domingo, 30 de enero de 2022

Introducción “Pensadores del Nacionalismo Popular”


El Nacionalismo Popular

La categoría de Nación contiene variables demográficas, territoriales, materiales, culturales y políticas. Una Nación incluye a un pueblo en un territorio que conforma el estado vital de la comunidad. El sentimiento de afecto a la tierra se denomina patriotismo y es una forma emocional estable y movilizadora de la comunidad.

Culturalmente, dicha comunidad humana debe estar unificada con un lenguaje y con un sistema de valores compartidos en el cual la religión y la tradición son dos pilares centrales. El presente nacional de un pueblo lleva consigo el mandato cultural histórico de la colectividad, que se proyecta con esa identidad hacia el futuro. La conciencia histórica es parte de la conciencia nacional o, dicho de otra manera, la Nación es la afirmación del grado máximo de la comunidad histórica.

El patriotismo y la uniformidad cultural generan las condiciones de posibilidad para que exista el principio de solidaridad social básico, que cohesiona a las personas y a los grupos y los mantiene unidos para enfrentar las adversidades económicas, políticas e incluso bélicas.

Dentro de cada Nación se producen tensiones y hay grupos que, de forma parcial o incluso radicalmente, se encuentran enfrentados en sus intereses. La Nación, en este sentido, es armonía y conciliación pero a la vez es también disputa y lucha. La unidad comunitaria, a partir de la cual se vertebra la Nación, es el resultado de una síntesis de distintas fuerzas sociales en tensiones y en constante transformación.

La Nación es una entidad histórica situada y su existencia conlleva la disputa con las demás nacionalidades y factores de intereses. La Nación enfrenta el dilema de edificar y consolidar su soberanía o de convertirse en un satélite de otra nacionalidad. En el juego de las relaciones internacionales, si bien las Naciones pueden ser temporalmente factores de antagonismo, son siempre e indefectiblemente una condición de supervivencia de la comunidad.   

Para que exista una Nación es necesaria una base material que es parte de su espacio vital. De la economía depende la subsistencia alimentaria y biológica de la colectividad. Además, en el teatro de las relaciones internacionales, la independencia económica es el principio básico de la soberanía política. La lucha por la soberanía en los siglos XIX y XX se dio en el terreno de la disputa por la industrialización, por el control de los mercados, por el manejo de los recursos naturales y de las finanzas. A la tradición, el lenguaje, la religión, el himno y la bandera, el nacionalismo contemporáneo le sumó la administración del petróleo y de los bancos, la producción de acero y de carbón y el desenvolvimiento de la ciencia y de las maquinas con fines de desarrollo productivo y tecnológico.

La nacionalidad existe como parte de un proyecto y de una voluntad de poder. Las particularidades de cada comunidad histórica organizada inducen a la formación de distintos regímenes políticos e institucionales de gobierno y de administración. El Estado es el órgano político rector de los grupos sociales y, para que tenga vitalidad, en su seno se debe expresar la voluntad de las organizaciones libres del pueblo. El Estado no es un fin en sí mismo, sino un medio de realización de un pueblo y tiene la potestad de mandar y de dirigir a los miembros de la comunidad detrás de objetivos históricos. 

El Estado busca la síntesis de la nacionalidad, que es siempre conflictiva por la disputa de los diversos grupos que la componen. El sector más dinámico y poderoso de la comunidad organizada impone desde el Estado sus valores y sus anhelos. A partir de estos principios, el Estado ordena la convivencia y afirma la cultura del sector predominante y vela por el efectivo cumplimiento de los intereses del conjunto. La dirigencia política solamente es legítima si representa a toda la colectividad nacional y a su tradición cultural e histórica. La síntesis nacional estatal supone afirmar lo inmanente y lo eterno de un pueblo y también reconocer lo dinámico y la posibilidad de construcción de lo nuevo.

La comunidad organizada encuentra en el Estado un medio para resolver sus conflictos geopolíticos, territoriales y existenciales frente a las otras nacionalidades. La unidad interna en el seno del Estado es un principio fundamental de la actividad política frente a un mundo exterior potencialmente hostil. El Estado ejerce, con las armas y con la diplomacia, la soberanía territorial y es el garante y el catalizador de la independencia económica.

Para que el proyecto nacional sea viable se requiere de una elite y de un pueblo organizado que crea en los valores y en las aptitudes de su dirigencia y que ésta movilice la voluntad histórica colectiva. El grupo dirigente debe disponer de prestigio y de ciertas características que resalten valores rectores, entre los cuales se destacan: la inteligencia y la prudencia, la conducta y la rectitud moral, el patriotismo y el nacionalismo, el carácter, la determinación y el carisma, así como la capacidad de ejecución. Además, y como ya mencionamos, la elite debe representar el interés colectivo de la comunidad, fomentando la solidaridad y la acción conjunta del gobierno, del pueblo y del Estado.

Si la elite carece de estas condiciones podría intentar, o al menos pretender, ejercer su dominio por la fuerza o a partir del poder del dinero utilizado para financiar el periodismo y la propaganda. La falta de legitimidad del sector dirigente puede originar la inestabilidad política, el enfrentamiento y la consecuente incapacidad estatal para resolver los problemas nacionales y sociales.

La conducción política necesita de un pensamiento que interprete el signo de los tiempos y que devele los factores estables, dinámicos y cambiantes de cada época. El grupo directriz tiene la responsabilidad de asumir el gobierno y el Estado, afirmando y recreando el mandato de la historia y movilizando la potencialidad política de la comunidad organizada. 

La Nación es una unidad de destino, resultante del pasado y del presente, y transcurre su existencia en tiempos de armonía y de lucha con las otras nacionalidades y grupos de poder. La nacionalidad es un proyecto de vida colectiva que se entiende y que se siente, es razón y emoción en desenvolvimiento.

 

Los proyectos de la Nación Argentina

A lo largo de los últimos dos siglos de nuestra historia patria, hubo dos grandes proyectos nacionales: el liberal y el nacionalista popular. 

La generación liberal del siglo XIX tuvo su máximo esplendor con Julio Argentino Roca, que consolidó la unidad territorial y conformó el Estado Nacional moderno, afirmando los límites geográficos desde el norte hasta la Antártida.

El militar tucumano organizó la educación pública en todos sus niveles, instruyendo de manera particular y diferenciada a la masa y a la elite. El pueblo accedió a la ciudadanía cultural con la escuela primaria pública, que fue expandida con la ley 1420 y con la construcción de instalaciones en todo el país. Con el servicio militar obligatorio, Roca contribuyó a unificar social, sanitaria y culturalmente a una población inmigrante, que empezó a recibir atención médica, a hablar un mismo idioma y a entender, a sentir y a querer la argentinidad. Las escuelas, los cuarteles, los territorios nacionales y las obras públicas fueron medios de unidad territorial y política, así como también recursos de construcción de ciudadanía y de uniformidad emocional.

El país desarrolló aceleradamente su economía de exportación agropecuaria, bajo un modelo de inserción económica dependiente del mercado mundial controlado por Inglaterra.

La Argentina liberal reclutó y educó a una elite civil y militar y sus titulares comprendieron cabalmente la importancia de esa labor. Martín Rodríguez fundó la Universidad de Buenos Aires y Bartolomé Mitre impulsó los Colegios Nacionales en donde se educaron los hijos de la oligarquía y del nuevo empresariado, quienes luego viajaban a Europa para completar su formación técnica e ideológica. Bartolomé Mitre, lúcidamente, escribió una historia oficial y creó un diario de doctrina (La Nación) a partir del cual dialogó y educó a la elite en el arte de la conducción del Estado. Para contrarrestar el porteñismo unitario, Urquiza fundó el Colegio Nacional de Concepción de Uruguay, cuna de encumbrados dirigentes y figuras de la cultura y de la política. Domingo Faustino Sarmiento creó el Colegio Militar y esa labor de educación, de profesionalización y de reclutamiento de la dirigencia militar la continuó Julio Roca.

La nación liberal tuvo una elite política culturalmente afrancesada y una conducción económica de ideología anglosajona. La cúpula militara adhirió, centralmente, a los valores prusianos. Esa generación fue capaz de edificar un poderoso Estado centralizador y una Nación que, por varias décadas, fue socialmente injusta, pero económicamente prospera. 

 

El segundo gran proyecto de país fue el del nacionalismo popular conducido por Juan Domingo Perón. El mandatario tenía formación militar, cuestión que le permitió ver con claridad la evolución geopolítica de los Estados y pueblos, y los cambios que se estaban produciendo en las relaciones internacionales de un mundo de entre guerras.

Marcando diferencias con la ideología del liberalismo, Perón divisó con lucidez que en el siglo XX la nacionalidad era sinónimo de industrialización. La producción agropecuaria y la subordinación a un solo mercado nos hacían dependientes tanto de la fluctuación de los precios de los comodity, como de las operaciones comerciales y políticas foráneas. El desarrollo agropecuario había cumplido su ciclo y era momento de avanzar en el cambio de estructuras productivas, siguiendo el esquema de las naciones como Inglaterra, la Unión Soviética, Francia, EUA, Alemania o Japón. Argentina desarrolló e implementó ambiciosos Planes Quinquenales de desarrollo industrial y para sufragarlos modificó las instituciones financieras (nacionalizó depósitos bancarios y Banco Central), los organismos de comercio exterior (creó el Instituto Argentino de Promoción del Intercambio) y se nacionalizaron los servicios públicos.

El peronismo instrumentó la inclusión histórica de las masas trabajadoras a la nacionalidad. El liberalismo los había integrado a la cultura y, paulatinamente y con límites y temores, también los sumaría al juego electoral a partir de la Ley Sáenz Peña. El Justicialismo implementó una revolución social universalizando el derecho a la educación, a la salud pública, al esparcimiento, a la vivienda y al crédito. Se crearon nuevos Ministerios de Salud, Educación y Trabajo y se aprobaron flamantes leyes y marcos reguladores del mundo laboral.

Perón, a diferencia de sus antecesores liberales, reclutó a la elite del mundo obrero y les dio a los trabajadores una centralidad política nunca antes vista en el manejo del Estado. Nación y pueblo se funcionaron en un nuevo experimento político sumamente exitoso en términos de desarrollo, de construcción de soberanía y de bienestar colectivo. Los dirigentes de origen sindical se convirtieron en diputados, senadores, gobernadores, embajadores y ministros.

El original sistema de ejercicio del poder que tuvo a los sindicalistas como “columna vertebral de Movimiento” y al que Perón denominó Comunidad Organizada, reclutó además una elite proveniente de las fuerzas armadas, del empresariado nacional, de la Iglesia y de los partidos políticos tradicionales. La doctrina de la Nación amalgamó, contuvo y movilizó a un conglomerado histórico pluri clasista con centro en los trabajadores;  pluri étnico, con eje en la cultura cristiana; y pluri partidario detrás de las banderas de justicia social, de independencia económica y de soberanía política para alcanzar la felicidad del pueblo y la grandeza nacional.

La Argentina había madurado como Nación y Perón consideró que estábamos en condiciones de cortar amarras con la reproducción dependiente de la cultura europea. Ya no seríamos ni afrancesados, ni anglosajones, sino orgullosamente argentinos y suramericanos en el marco de la doctrina de la Comunidad Organizada. Era momento de forjar un nuevo modelo de organización política y de ecúmene existencial, que si bien afirmaría nuestro anclaje a la tradición occidental y cristiana, lo hacía de manera original y proyectando rasgos propios. Se superaría la etapa de los partidos liberales, para remplazarlos por un Movimiento de masas que motorizaba las acciones y las agendas de las organizaciones libres del pueblo.

El líder justicialista estableció que, en temas de relaciones internacionales, no debíamos  ser satélites de las potencias liberales ni tampoco de las comunistas, propugnando el continentalismo y la Tercera Posición.   

La Revolución Justicialista fue el proyecto histórico más trascendente y avanzado en la construcción y en la consolidación del nacionalismo popular argentino. Su labor quedó inconclusa por la acción de sus enemigos —de adentro y de afuera— que aplicaron dos salvajes golpes militares (1955 y 1976),  18 años de prohibiciones y proscripciones (1955 a 1973) y que implementaron una acción política y cultural desestabilizadora.  

El fracaso de la Revolución Justicialista inició un ciclo de oscuridad y de decadencia aún no revertido y que retrotrajo al país, en términos tanto sociales como económicos, al siglo XIX.  

 

La Nación suramericana

Sudamérica contiene los elementos históricos y culturales para formar una Nación de alcance continental y de estructura política federal. La tradición imperial iberoamericana sentó las bases de una gran unidad vertebrada por la lengua española y portuguesa, por la religión católica y por un conjunto de valores y de costumbres que hicieron de la región una entidad cultural e histórica de características únicas.

La relación entre España y Portugal con el mundo precolombino fue conflictiva y violenta, reproduciendo muchas de las características propias de la expansión universal de occidente, que tuvo sus luces y sus sombras. También ese encuentro entre comunidades y culturas fue un momento creativo y fundacional de la nueva ecúmene que hoy nos caracteriza.

Entre los rasgos de la vida americana de origen hispánico que nos identifican en la actualidad, están el mestizaje, la diversidad racial y étnica en unidad de Estado y la proliferación de distintas experiencias de federalismo comunitario.

El criollo que realizó la gesta emancipadora de la independencia vio y sintió el mundo con la ecúmene occidental iberoamericana y actuó y pensó a partir de la influencia de las etnias aborígenes y del mundo afro-descendiente que coexistió en nuestra tierra. 

La ruptura con España derivó en la fragmentación de los virreinatos en diversas repúblicas, que actualmente se encuentran divididas en naciones. Los habitantes y las elites de estas soberanías políticas no siempre reconocen las realidades culturales e históricas compartidas y prexistentes, realidades que favorecen la necesaria obra de reunificación del continente.

Nuestros países tienen problemas estructurales similares, que son propios del subdesarrollo y de la dependencia financiera, tecnológica y comercial que tenemos con las potencias. La pobreza de gran parte de la población, la desigualdad y la violencia social, la falta de infraestructura y el atraso educativo y científico son un mal difundido en prácticamente toda la región. 

Tenemos una cultura y un pasado compartido, una agenda presente de temas no resueltos y un mismo adversario y enemigo en el imperialismo anglosajón, que cubrió de bases militares la región y que ocupa colonialmente parte del territorio, como es el caso de las Malvinas Argentinas. La dependencia financiera del área del dólar y el accionar de los organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional, atentan contra la estabilidad política y el desarrollo social y productivo. Para ejercer ese dominio mundial, las agencias culturales, televisivas, informativas y de redes anglosajonas imponen la ideología liberal que debilita los lazos comunitarios y las identidades colectivas de nuestra región.  

Debemos seguir forjando la unidad del destino que es la reunificación de Sudamérica. No se trata de regresar al mundo pre hispánico, ya que sumergiríamos a la región en guerras étnicas y en mayores divisiones territoriales que hoy son realidades dramáticas de otros continentes y pueblos en guerra. No vamos a propugnar la vuelta a España y tampoco a ninguna nueva forma de colonialismo o de neocolonialismo con los EUA o con China. La Nación suramericana tiene que reunificarse forjando una nueva soberanía política, económica y militar de base continental. El continentalismo suramericano, a diferencia del anglosajón, promoverá el respeto a la existencia de las otras ecúmenes y será protagonista de la construcción de un sistema-mundo que reconozca el pluriversalismo y la coexistencia pacífica de las distintas comunidades organizadas.

La decadencia nacional

La Argentina es un caso digno de estudio de Estado fallido y de Nación fracasada e inconclusa.

Desde la muerte de Juan Perón, si bien hubo ciclos cortos y transitorios de estabilidad y de crecimiento, el proceso general que atravesó el país fue de decadencia económica, política y moral, así como de deterioro generalizado del nivel de vida del pueblo. Las crisis permanentes, la inestabilidad productiva, la carencia de proyectos y la volatilidad e inestabilidad fueron la característica del sistema político desde la vuelta de la democracia del año 1983.

Argentina es un Estado fallido que puede mostrar al mundo que, en cuatro décadas, ha sido capaz de destruir aceleradamente su economía y de sumergir a la mayoría social en la pobreza. Actualmente, el país tiene prácticamente el mismo Producto Bruto Interno que en el año 1974. De esa etapa a la fecha, duplicó su población y multiplicó exponencialmente la pobreza, que aumentó de 800 mil a 20 millones de personas.

Analizado en perspectiva histórica comparada, Argentina es un caso excepcional por su inmensa capacidad de destruir empresas y de remplazar puestos de trabajo formal en la industria por ollas populares y por comedores de desempleados. El país puede enseñar al mundo que superó la época de la explotación de los trabajadores denunciada por Carlos Marx en el siglo XIX: hace décadas que directamente los excluyó del mercado de trabajo capitalista.

En algunos contextos de precios altos de sus productos exportables, el país tuvo superávit fiscal y comercial, pero nunca resolvió el déficit social, productivo y tecnológico que ya se ha convertido en estructural. Un tercio de su población tiene problemas de alimentación, vestido y de acceso a la salud. El país produce pobreza a granel, se especializa en fugar dólares y, en épocas de crisis, emigra al extranjero a sus clases medias y altas universitarias.

Aunque suene increíble para las generaciones jóvenes, hasta los años setenta del siglo pasado la Argentina era un país considerablemente industrializado, tenía pleno empleo, disponía de una importante y vigorosa cultura nacional integradora y se enorgullecía de ser igualitario socialmente frente a otros países de la región. El mito de la Nación moderna y próspera hoy está terminado, y nos encontramos con un país que se derrumba crisis tras crisis.

Territorialmente, la Argentina se divide en una cambiante geografía que tiene zonas de extrema miseria, que contrastan con los barrios cerrados con seguridad privada en donde viven las familias integradas al capitalismo. En un mismo municipio hay varias ciudadanías argentinas y el derecho a la seguridad, la propiedad privada, el empleo, la cultura y la tranquilidad se está volviendo un privilegio de unos pocos. La comunidad se fragmenta y crece la violencia en las barriadas populares, que son atravesadas por el crimen organizado (centralmente el narcotráfico) y por el crimen desorganizado de una comunidad anárquica en donde aumentan el robo y la violencia interpersonal.  

El país, que supo ser un faro cultural en Sudamérica, padece una crisis moral inédita. La educación es cada día más desigual y los sectores medios y altos abandonaron la escuela pública como valor, haciendo concurrir a sus hijos al subsistema privado que divide a los jóvenes por su nivel de ingresos. El país retrocedió más de un siglo y abandonó el programa educativo liberal que apostó a la escuela primaria estatal como un medio de formación de ciudadanía nacional. Hoy esa vocación uniformadora de la masa popular fue remplazada por el clasismo educativo y hay escuelas diferentes para los ricos, los sectores medios y los pobres.

La dirigencia política renunció a formular un proyecto nacional y aceptó sin demasiadas contradicciones el programa neocolonial de la finanza extranjera, ese que deja como saldo que una gran parte de sus habitantes estén social e históricamente excluidos. En este marco, la educación perdió sus finalidades nacionales y comunitarias. La escuela de ricos se orienta a reproducir la condición de clase de la minoría integrada, mientras que la educación de los pobres tiene como función postergar en el tiempo el —casi seguro— desempleo y la marginación de la gran mayoría de los estudiantes. Los valores nacionales han sido paulatinamente abandonados en la educación argentina, para ser remplazados por aquellos que resaltan el individualismo y un materialismo de ideología liberal de izquierda y liberal de derecha. 

La Argentina se habituó al crecimiento anárquico de las villas miserias y a que su población no acceda a una vivienda digna, que no tenga los servicios públicos elementales y que tampoco ejerza el derecho a la salud. Parece normal que las embarazadas humildes no dispongan de cobertura sanitaria, que los bebes nazcan con bajo peso y estén mal alimentados y que los nenes revuelvan la basura para poder comer. El país no garantiza el derecho a nacer en condiciones mínimas de dignidad y no tiene políticas de natalidad y demográficas para poblar su inmenso territorio. Allá lejos quedó el mandato moral justicialista y parece habitual que actualmente los únicos privilegiados son los niños que no nacen.

El fracaso del país se volvió una cultura política y la resignación frente al desastre es el sentido común generalizado. La pobreza fue institucionalizada y el subsidio alimentario dejó de ser un medio transitorio de ayuda y se consolidó como una forma de vivir y de ser. El valor del trabajo fue sustituido por políticas de asistencialismo y de contención y reproducción de la marginalidad. La angustia y escepticismo emocional es el rasgo característico de un pueblo que no recuerda de dónde viene, que vive de manera efímera y materialista el presente y que no sabe hacia dónde se conduce.

 

La reconstrucción nacional

En épocas de crisis, la labor del pensador es muchas veces amarga. La comprensión de los hechos y de los dramas de nuestro tiempo nos obligan a afirmar un valiente escepticismo. Hay que tener conciencia de que la verdad no se hace de amigos entre la política partidaria ni entre el periodismo, acostumbrados éstos a aplicar la más efectiva censura que se haya inventado en democracia: el silenciamiento.  

El presente y el futuro del país nos enfrentan a posibilidades y también a grandes peligros.  El Estado fallido argentino es incapaz de generar desarrollo y luego de cada una de las crisis que protagonizó, el número de los excluidos aumentó y también se acrecentó la marginación de la masa popular. 

La Nación se encuentra en serio riesgo ya que se debilitan los vínculos de solidaridad social y crece el clima de anomia y de violencia en las grandes ciudades. La injusticia y los estados de decadencia política auguran la pérdida de legitimidad y de representación de la dirigencia partidaria y consecuentemente producirán mayores tensiones, desordenes y fracturas en el cuerpo social.

La crisis argentina es terreno fértil para las ambiciones foráneas. Nuestra incapacidad nacional permitió que el país se convierta en un casino financiero mundial y en un exportador de pobres. Cada argentino que nace acumula una copiosa deuda externa que pagaran él, sus hijos y sus nietos, en base a privaciones y a sacrificios. El hambre de la Argentina casino es la garantía de la sustentabilidad de la especulación financiera foránea y de la reproducción del actual sistema de desorden mundial institucionalizado que controlan unas pocas corporaciones y potencias.

Uno de los grandes causantes del fracaso del país es que, desde la muerte de Juan Perón y el establecimiento de la dictadura de 1976, la Argentina no consolidó una dirigencia con vocación nacional. Su lugar lo ocupa una clase política que ambiciona más los dólares que el poder nacional y que se siente más interpelada por la riqueza material, que por el cumplimiento de una causa de reparación social, histórica y moral. El pensamiento financiero se impuso como la ideología de una parte de la dirigencia, que administra el mercado electoral cumpliendo con las apetencias del capital extranjero y de las sociedades anónimas, sin patria y sin alma, que controlan el mundo.

Son escasos los partidos políticos que hablan de la verdad y en su lugar profesan un optimismo deshonesto que es amoldado al lenguaje maquillado de la campaña electoral. Lamentablemente, de nada vale ese engaño y con esa actitud solamente se augura una nueva y más profunda crisis.

La decadencia y el drama social de la Argentina contemporánea no encuentran un interlocutor que sea capaz de movilizar al pueblo en la necesaria cruzada de reparación nacional y social. La falta de estadistas está haciendo de la actividad partidaria un sistema de administración de la decadencia y de fuga planificada de la riqueza al extranjero.

Pese a todo, en el país siguen existiendo organizaciones libres del pueblo y un significativo tejido de instituciones formadoras de dirigentes. En el país existe una gran cantidad de organizaciones dedicadas a labores deportivas, artísticas, solidarias y de fomento, en dónde aún existen valores y experiencias de vida en comunidad.

Las dos organizaciones más importantes de la Argentina en términos de cantidad de miembros, de alcance geográfico y de grado de institucionalización, son el Movimiento Sindical y la Iglesia Católica, hoy conducida por el Papa Francisco.

El Movimiento Obrero Organizado es el gran legado de la Revolución peronista y es el último reservorio político para la defensa de la cultura del trabajo digno y de la justicia social. El sindicalismo, además, tiene los cuadros técnicos para la formulación y la implementación del programa de desarrollo nacional que requiere impostergablemente la Argentina.

La Iglesia de Francisco y las diversas instituciones evangélicas representan y congregan  a una población suramericana mayoritariamente cristiana. El actual Papado enarbola la defensa de la humanidad frente al naufragio de los valores materialistas; y reivindica la solidaridad de las relaciones internacionales frente a la tiranía universal del dinero, que moviliza a los mariscales de la guerra y del comercio anglosajones que destruyen las naciones y que siembran el hambre en los pueblos. La Iglesia católica y las instituciones evangélicas de la Argentina administran una inmensa red de contención social, sin la cual el descarte y la exclusión humana serían aún más dramáticas. En el terreno cultural la Iglesia Católica es la garante de la escuela de calidad para decenas de miles de hijos de los humildes y de la clase media y cumple una tarea abandonada hace tiempo por el Estado. En el plano espiritual, las iglesias y capillas siguen aportando a la construcción de la solidaridad social, la esperanza, la fe y el desarrollo de los valores comunitarios del hombre argentino, frente a una sociedad y a una clase política liberal, individualista, consumista y materialista.

Para salir de la encrucijada, se requiere de un amplio frente de unidad nacional. La labor de reconstrucción necesita de un estadista y de una nueva generación política de composición federal y que sea el resultado de la concertación social. Es momento de superar el porteñismo y su ideología liberal de izquierda y de derecha, para avanzar hacia el federalismo, el nacionalismo popular y el continentalismo.

En línea con la tradición justicialista, es necesario forjar un Movimiento que amalgame y que reclute una elite policlasista, pluriétnica y pluripartidista. El país requiere de la participación activa de los dirigentes del empresariado nacional y de las distintas fuerzas partidarias.

La reconstrucción necesita de un pensamiento nacional arraigado a la tierra, que sienta y que entienda el mandato de la historia y que contribuya a forjar la conciencia nacional y a la búsqueda de soluciones científicas y tecnológicas argentinas y suramericanas.

La tarea de reconstrucción demandará una acción austera, sacrificada y patriótica de refundación material, política, cultural y emocional. Es momento de reconstruir el Estado y de formular e implementar un proyecto nacional de perspectiva popular y suramericana.  

El libro “Pensadores del Nacionalismo Popular”

El libro analiza la obra intelectual y política de un conjunto de pensadores y actores políticos que ofrecen experiencias para solucionar el drama de la Argentina contemporánea. En cada caso, son recuperados un conjunto de sus aportes teóricos que desarrollaron para entender y para actuar en el contexto que les tocó vivir.

El libro inicia con un trabajo sobre el ecuatoriano José María Velasco Ibarra, político activo e intelectual prolífero, cuyos dotes de estadista y de caudillo le permitieron alcanzar la presidencia de su país en reiteradas ocasiones y promover una obra revolucionaria de reparación social y moral.

El segundo capítulo trata sobre Alberto Baldrich, que es uno de los fundadores de la sociología nacional. Pensador agudo y profundo, desarrolló las bases para una sociología de la cultura en la que se resalta la importancia de los valores, las costumbres y las tradiciones para la organización de la comunidad nacional. Sus categorías son puestas en desenvolvimiento para analizar la historia argentina contemporánea.

El capítulo tercero realiza un estudio sucinto de algunas obras del pensador ruso contemporáneo Alexander Duguin. Si bien tiene particularidades que son propias de su contexto de producción, la obra del lucido intelectual aborda aspectos de la organización política y de la cultura que también son propias de la tradición del pensamiento nacional argentino y suramericano. Su obra ofrece un análisis agudo de las relaciones internacionales e introduce una crítica al liberalismo anglosajón.

Los capítulos cuatro y cinco trabajan sobre el ideario de Juan Domingo Perón. En este caso, evitamos referencias a su biografía que ya aparece extensamente desarrollada en diversos libros e investigaciones. Analizamos puntualmente sus obras Conducción Política y Comunidad Organizada. En esos trabajos, el líder justicialista sintetizó el modelo de sociedad y de democracia a la que aspiramos y ofreció un sistema de organización del poder para forjar ese proyecto histórico.

El capítulo seis aborda el pensamiento del historiador José María Rosa. Este intelectual es uno de los grandes fundadores de la escuela revisionista y fue uno de los más influyentes autores sobre la dirigencia sindical y política de los años sesenta y setenta. Rosa construyó un mito movilizador de base historiográfica, en el cual el pueblo organizado  es el sujeto de la Nación.

El capítulo siete analiza en el concepto de Pentagonismo que formuló el político y escritor dominicano Juan Bosch. La noción aporta elementos para comprender la dinámica expansiva y violenta de la política exterior norteamericana que está directamente ligada a la industria militar.

El último artículo se centró en el pensador mexicano José Vasconcelos. Puntualmente, analizamos su punto de vista sobre el rol de la universidad y sobre la función de los intelectuales para la construcción política de un proyecto antimperialista y soberano del continente suramericano.

 

Si bien los ámbitos geográficos e históricos de producción son diferentes, todos estos pensadores tienen puntos en común. El primero es la vocación nacional y antimperialista, junto con la reivindicación que hacen del derecho a la autodeterminación política e histórica de nuestras comunidades organizadas. El segundo tema que los une es que destacan la importancia de la cultura como elemento fundamental de la organización humana, desestimando las teorías materialistas propias de la izquierda y del liberalismo. El tercer aspecto es que coinciden, en algún momento de su vida y de obra, en que los EUA e Inglaterra y su ideología del liberalismo anglosajón son los enemigos históricos a enfrentar.  El cuarto tema que los identifica es la convicción de que Sudamérica es una ecúmene propia y que nuestro accionar político presente tiene que aportar a la reunificación de las pequeñas patrias y a la construcción de una unidad de destino común. Finalmente, los siete autores comparten el hecho de que la comunidad nacional debe movilizar a las organizaciones libres del pueblo, que son los grandes protagonistas del momento histórico que nos toca vivir.


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