viernes, 4 de marzo de 2011

Elecciones 2011

Aritz Recalde, marzo de 2011

Exceptuando el gobierno nacional cuyo programa radica en su gestión, no se sabe cuál es el proyecto de país que los diversos candidatos aplicarían en caso de triunfar en 2011. Poco y nada se dice concretamente en los discursos de los candidatos y de los aspirantes a los cargos públicos. Dicha escasez de debate sobre cuál debería ser el modelo de país a implementar, tiene muchas maneras de interpretarse. Por un lado, es innegable que la seguidilla de golpes militares ideada y aplicada por los grupos concentrados de poder, es un elemento retardatario de la discusión pública de las ideas. En particular, el proceso político aplicado entre 1976 – 83, dio por tierra con una agenda de reflexión colectiva y destruyó una organización política capaz de sustentarla. Durante los años noventa los dirigentes neoliberales contribuyeron a institucionalizar el vaciamiento de los partidos políticos.
Además, hay una cuestión clave para entender la falta de discusión y es el hecho de que los representantes políticos de los factores de poder concentrado en caso de alcanzar el gobierno, aplicarían una agenda de medidas antipopulares. Se puede deducir a partir de acá, que sus candidatos no plantean clara y públicamente sus programas de acción ya que perderían caudal electoral.
Pese a que no se explicite claramente, el arco de centro y de derecha de la oposición al gobierno de Cristina Fernández, dan algunos indicadores de lo que pondrían hacer. Por un lado, se puede observar la trayectoria de muchos de esos dirigentes que está caracterizada por aplicar programas antinacionales y neoliberales. Por otro lado, algunas figuras y pese a ocupar funciones de gobierno, no han realizado nada más que discursos frente al periodismo. Pese a los silencios o las indefiniciones, se puede intentar comprender que hay detrás de los discursos vacíos y los lugares comunes que se repiten. En el plano de la economía, los opositores y el periodismo oligopólico, parecen estar de acuerdo en que “está recalentada la economía”. En este cuadro, la propuesta a aplicar consistiría en “enfriar la economía”. ¿Qué quiere decir ese planteo?. Sería más claro si públicamente digieran que van a bajar salarios, a expulsar trabajadores, a aumentar el costo de los préstamos (tasas de interés altas) y que van a recortar los presupuestos en salud, en educación o en obras públicas (vivienda, escuelas, hospitales, rutas, etc.). Esa frase y sin eufemismos, implica poner en el congelador a los desempleados, a los pobres y a los indigentes, que lo van a seguir siendo por décadas para “bajar la inflación”. Enfriar la economía quiere decir que el país no debe crecer y que se tiene que bajar el consumo, a costa de mantener las carencias y el hambre de los argentinos más débiles, ya que nadie plantea “enfriar el gasto de la clase alta”, reducir la rentabilidad de los formadores de precios o bajar el consumo suntuoso.
Otro eslogan de campaña es el de “buscar consensos” y “bajar la crispación”. Dicho así de simple y en abstracto, es lógico que todos estemos de acuerdo y que nadie niegue la posibilidad de dialogar y de consensuar para tomar decisiones. Ahora y leyendo esa frase en el contexto en que se puso de moda, “dialogar” implicaría ceder a las exigencias de los grupos financieros o los plantadores de soja que no quieren pagar impuestos y retenciones. Cuando hay una puja de intereses y no se toma partido por la mayoría del país, implica “consensuar y no crispar” a las inmensas ganancias del capital trasnacional concentrado. Una política sin crispación en el marco de una puja distributiva como se plantea, permite que los grupos concentrados generen inflación y violen las normas laborales o que la prensa concentrada se maneje totalmente fuera de la ley. La historia reciente demostró que el poder económico no es permeable a consensuar. Asimismo, es innegable que gran parte de la dirigencia “dialoguista”, habla solamente con los poderosos y difícilmente atiende los intereses de los débiles. Paradójicamente, Yrigoyen o Perón, fueron hostilizados por los factores de poder y fueron acusados de “falta de dialogo” por los grupos que aplicaron los golpes de Estado, las operaciones de mercado para desestabilizar gobiernos o la guerra mediática y la difamación permanente.
En este cuadro, en las elecciones del año 2011 van a confrontar dos modelos de país y de campaña electoral. Uno, va a estar anclado en acciones y en un proyecto de gestión concreto y su máxima figura es Cristina Fernández. El otro, se estructuraría en base a discursos armados por consultoras sin demasiadas definiciones, ocultando su intento de aplicar programas neoliberales. La alicaída tendencia electoral de éstos últimos, va a buscar ser suplida con el dinero y el acompañamiento de los medios oligopólicos y en este marco, el grupo Clarín y La Nación serían sus principales voceros.
Dicha estratega lejos de ser una novedad, tiene importantes antecedentes recientes. La campaña de Clarín y de la oposición se organizó a partir de televisar parte de los discursos del Congreso de La Nación, construyendo un supuesto de que los efectos locales de la crisis económica mundial, eran resultantes de los “errores o la soberbia” de Cristina. Dicha intentona no dio resultado en el mediano plazo, ya que el electorado percibe que un “voto no positivo”, no es una alternativa de gobierno. Asimismo, los augurios sobre la inminente desintegración nacional no se cumplieron y por el contario, el país recuperó el crecimiento. Desgastada la estrategia de hacer un espectáculo del parlamento o de cortar varios meses una ruta para desestabilizar al gobierno, se implementó una acción de promoción y de fomento de la inflación. Se trata de incentivar el aumento de precios y la crisis económica. En este caso, el interés de clase se pone sobre los del país. Se trataría de destruir la Argentina para salvar a Clarín y a los grupos concentrados, por intermedio de imponer un candidato que proteja sus ganancias y que detenga las causas judiciales en su contra. Actualmente, como ni el show del congreso, ni la desestabilización económica, ni la extensa campaña de hostigamiento mediático consiguen dar consistencia a una alternativa a Cristina, les queda levantar y difundir el supuesto estado de inseguridad y de violencia social permanente.
En gran parte de las figuras, se trata de destruir y nunca de ofrecer un proyecto nacional alternativo. La oposición se organiza a partir de la prensa y las operaciones de desestabilización económica, ya que no disponen de un programa nacional capaz de movilizar a la mayoría.

Frente a este panorama, el oficialismo dispone de una importante trayectoria de gestión con logros a la vista. Cuenta con un presente caracterizado por la inauguración y la consumación de obras trascendentes y por la aplicación de importantes decisiones que mejoran las condiciones de vida de la mayoría, como es el caso del subsidio universal por hijo o los aumentos de sueldos y de jubilaciones. Pese a los avances, siguen quedando grandes deudas económicas, políticas, sociales o culturales con parte importante de los habitantes del país. A partir de aquí, la garantía de triunfo del oficialismo, va a estar dado por su capacidad de mostrarse a la sociedad como la única alternativa real de futuro, capaz de aplicar las reformas pendientes.

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