domingo, 9 de diciembre de 2007

Universidad y Liberación Nacional





PRÓLOGO al libro "Universidad y Liberación Nacional"
Norberto Galasso

Los acontecimientos del 19 y 20 de diciembre del 2001 no sólo significaron el repudio del “Que se vayan todos” a una dirigencia en su mayor parte perimida. Resultaron, asimismo, el inicio de la ruptura con un mundo ideológico viejo, cargado de fábulas y mitos, que los poderosos de adentro y de afuera habían instilado sobre los cerebros de la mayoría de los argentinos, en especial, sobre sus clases medias. A partir de ese momento fueron arrojados al desván tanto el liberalismo económico divulgado por los muchachos traviesos del CEMA, como las propuestas del “consenso de Washington” y la supuesta neutralidad del FMI, junto a los libros venerables de la historia mitrista con que habían sido azonzadas varias generaciones y el complejo de autodenigración con que se habían apagado tantos sueños. En ese desbordar de las aguas, quebrando los antemurales dispuestos por la clase dominante, ha ido ocupando mayor espacio el pensamiento nacional vinculado a los mejores años vividos por el pueblo argentino, mientras se verificaba que la catástrofe del último cuarto de siglo quedaba estrechamente ligada a concepciones nefastas que ya no podrían volver: la prédica privatista, “las relaciones carnales”, la incorporación al primer mundo, etc.
Estamos asistiendo, pues, a un renacer del pensamiento nacional, a un reencuentro con aquellos “malditos” que osaron cuestionar las ideas dominantes, los Scalabrini Ortiz, Cooke y tantos más. Este recupero de aquel “pensar en nacional” de la posguerra y del agitado período que fue desde el Cordobazo hasta la muerte del Gral. Perón resulta fundamental en una época en que la sociedad argentina se sumerge en profunda introspección. Las asambleas populares, los piquetes y las fábricas recuperadas –más allá de marchas, contramarchas y hasta frustraciones– son los síntomas de esa búsqueda. Los argentinos de los diversos sectores del campo popular quieren saber por qué están como están, cuáles son las razones fundamentales de la pobreza y la indigencia en un país rico, del endeudamiento externo sin contrapartida de inversiones, de la impotencia de políticos e intelectuales para desentrañar la realidad nacional y ofrecer caminos de superación. Estamos volviendo los ojos sobre nosotros mismos e indagando en el pasado aquellas verdades que nos permitan comprender el presente y arrojarnos audazmente hacia el futuro.
En este cuadro de situación, se advierte que, desde las catacumbas, marginado de la prensa y las academias, discriminado en los medios masivos de comunicación, sin embargo el pensamiento nacional avanzó sobre cuestiones claves que es preciso retomar y profundizar, desde la renta agraria diferencial, descubierta por los hombres de “Frente Obrero” en el 45, y profundizada luego por Jorge E. Spilimbergo y Alberto Methol Ferré hasta la comprensión de América Latina como nación fragmentada que hay que reunificar, según predicó Manuel Ugarte, desde la alienación de nuestra “inteligencia” reducida a copiar y traducir, como enjuiciaron Arturo Jauretche y Juan José Hernández Arregui, hasta el modo de operar del imperialismo que empezamos a aprender con Scalabrini Ortiz y profundizamos luego con Alejandro Olmos.
Pero ese pensamiento nacional en desarrollo se detuvo, sin embargo, ante algunos temas considerados tabúes y entre ellos, el más importante fue la Universidad durante los gobiernos peronistas. Hubo, es cierto, orientaciones generales sobre la cuestión, como cuando Hernández Arregui sostuvo que si bien “no fue perfecta, tuvo grandes fallas, pero fue nacional”. Pero no se fue más allá de definiciones generales. En cambio, desde el antiperonismo aparecieron ácidas críticas, como ésta: “La universidad fue uncida al carro político del peronismo...Durante una década, la labor de las universidades argentinas quedó en las sombras. Fue una época que tuvo su calificativo: la de los ‘profesores flor de ceibo’, aquellos que ocuparon las cátedras de los renunciantes o cesanteados o jubilados de oficio como el prestigioso titular de Fisiología, Bernardo Houssay ...” (Hugo Gambini, “Historia del peronismo”). Hoy, interpretaciones como ésta, ya no entusiasman a nadie, salvo a algún liberal anacrónico que nada ha aprendido en el último medio siglo.
Pero quedaba un tremendo vacío: ¿qué opinaba el campo nacional sobre la Universidad del 50 o la Universidad del 73? Se pudo pensar que tan intensa había sido la campaña de la colonización pedagógica que hasta en el campo nacional muchos prefirieron no incursionar en el tema universitario por temor a recibir el mote de “flor de ceibo” o ser tildados de “fascistas”, curialescos o ultramontanos. Asimismo, alguien pudo suponer que la carencia de ensayos sobre el tema evidenciaba la debilidad del pensamiento nacional para encarar su propia historia en un área tan delicada como los altos estudios. Si así fue, ahora puede afirmarse –con este libro que tengo el gusto de prologar- que el pensamiento nacional ha cumplido esa asignatura pendiente y lo ha hecho con profundidad, rigurosidad y espíritu crítico.
Profundo y riguroso, digo, pero también comprometido, quebrando desde ya la “zoncera” tan divulgada de que si es “comprometido” no es científico, según el criterio de aquellos para los cuales la ciencia está al margen de las luchas sociales y políticas.
Se trata de un ensayo escrito a la luz de una información minuciosa y abrumadora, que no solo aborda lo específico de la Universidad sino también el contexto social donde ella funciona, pero cuya seriedad no exime la pasión. Los autores no son observadores de laboratorio, que pinchan conejos y toman distancia para medir la reacción, sino que forman parte de lo mismo que están analizando, que se hallan profundamente involucrados, “desde adentro”, siguiendo el consejo de Gramsci: “comprender, pero sentir”. Es decir, analizar, pero sin negar que ese análisis integra también la lucha por la liberación.
Por lo que conozco, es el primer trabajo de esta índole desde el campo nacional, insoslayable para quienes se interesen en el tema o hagan política universitaria.
La obra define los distintos modelos de universidad, desde aquella de las elites, con la Facultad de Derecho convertida en incubadora de diputados y senadores, hasta la reformista de la época radical, pasando luego a la del 46 tan infamada, después a la del liberalismo oligárquico y luego nuevamente a la peronista de los años setenta.
Desde el campo nacional, los hermanos Recalde tiran sobre la mesa sus datos, desde los estadísticos hasta los que resultan de testimonios y muestran sus conclusiones, sin ambigüedades ni concesiones a tantos prejuicios que circulan profusamente en los ámbitos estudiantiles respecto a esta cuestión. Seguramente, habrá muchos que se escandalizarán pues la obra rompe esquemas consagrados, desnuda “zonceras”, arrasa con mitos cuidadosamente instalados por la clase dominante sobre los sectores medios, desarrolla tesis que no son comunes en la discusión entre los estudiantes.
La obra es sólida, precisa, contundente... y polémica. Pero, ¿qué mejor oportunidad para polemizar, especialmente para aquellos que durante largos períodos han tenido el monopolio de la verdad? ¡Que ocasión interesante para que bajen al ruedo los académicos, tan poco proclives al diálogo, acostumbrados al viejo monólogo de las clases magistrales!
Esperamos esa polémica, ardua y profunda aunque conocemos que desde el sector privilegiado se polemiza generalmente silenciando las obras que disgustan. Confiemos, sin embargo, en que la discusión se produzca. Inclusive hasta desde el campo nacional habrá quienes no compartirán todas las conclusiones de estos ensayistas. Quien escribe hasta líneas, por ejemplo, coincide más con la opinión crítica de Alcira Argumento sobre la Universidad del 46/55 -que los autores reproducen- que con la interpretación que ellos mismos hacen de ese período que, por momentos, parece eximir al peronismo de responsabilidad en el desencuentro entre el Gobierno y los estudiantes y profesores. Recuerdo, al efecto, el alerta de Jauretche a Perón acerca de este problema, en una carta no demasiado conocida (del 4/7/44) donde le sugiere corregir la táctica desarrollada respecto al estudiantado y la clase media en general. Pero también es cierto que sobre este desencuentro es difícil encontrar responsables: la clase dominante impone sus ideas al resto de la sociedad y especialmente a la clase media cuyos cuadros políticos e intelectuales, en su mayor parte, se le someten y de ahí las dificultades cuando un gobierno popular intenta incorporar a esos sectores, cuya actitud es tozudamente opositora. (Bastaría con preguntarle al comandante Hugo Chávez acerca de esta carencia de cuadros políticos e intelectuales, originada en causas semejantes a aquellas del 46). Recuerdo siempre que en una oportunidad, al concluir una conferencia sobre la necesidad de reemplazar la Historia Oficial por una historia revisada, en colegios primarios y secundarios, se me acercó una maestra y me dijo: -¿usted podría hacerlo, si mañana lo nombrasen Ministro de Educación? -Lo intentaría, le contesté, aunque sabía que el gran problema está dado por los planteles docentes, “los educadores que también han sido educados” como señala Hernández Arregui, aunque mucha agua ha corrido bajo los puentes y hoy existe una búsqueda también entre maestros y profesores que se observa en la nutrida concurrencia a los ciclos de debates sobre Historia Argentina.
Pero estos son, por un lado, matices, que provienen de las diversas experiencias vividas por cada uno de nosotros, aún dentro mismo del campo nacional o de los obstáculos que el viejo régimen opone a los cambios revolucionarios y en manera alguna debilitan el valor singular de esta obra.
Su enorme importancia reside en que aborda el problema universitario, con una óptica nacional, nutrida en Jauretche, Cooke y otros, punto de partida para una posible vinculación orgánica entre estudiantes y trabajadores, que faltó en el primer peronismo, que tendió a darse en los setenta, aunque también con grandes dificultades.
Por otra parte, el estudio de los hermanos Recalde con respecto a la universidad del período 46-55 revela aspectos poco conocidos o premeditadamente olvidados por los formadores de opinión. Es rico en información y sugerencias. Asimismo, resulta valioso cuando analiza críticamente a la Universidad pretendidamente científica de los sesenta, desnudando el mito de la Universidad neutra y asentando el principio fundamental de que no puede difundir verdad una Universidad inmersa en un país sometido. Dejan ellos en claro que es falso el planteo de “la isla democrática” donde se preservarían los valores que no existen en el resto de la patria vasalla, así como también insisten en la necesidad de llegar a la verdad con una confrontación implacable con el discurso de la clase dominante, que reasegura ese vasallaje.
También enriquecen el trabajo varias reflexiones tomadas de John William Cooke, que, a mi juicio, no merecieron, hasta ahora, la debida atención por parte de las agrupaciones universitarias peronistas. Muy interesante resulta, además, el estudio de las Cátedras Nacionales –donde recupera para la memoria la importancia de Justino O’Farrell y Gonzalo Cárdenas- como así la indagación sobre la revista “Antropología del Tercer Mundo” y la revista “Envido”, así como la lucha entablada para que se enseñara marxismo y se analizase el peronismo en los claustros. En todos estos casos se trata de caminos poco transitados por los ensayos publicados sobre esa época y su recupero resulta valiosísimo para comprender en profundidad lo que fue la JUP y en especial, las organizaciones armadas del campo nacional. En este aspecto, destaco la riqueza de los testimonios que reproducen, en especial los de Alcira Argumedo, Horacio González y Mario Kestelboim. Alcira señala certeramente, cómo en esa época “se empezaron a legitimar esas ideas provenientes del campo popular que eran vistas como en los suburbios del pensamiento: Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz y Perón”.
El ensayo aporta tanto información como interpretaciones sobre cuestiones claves de ese momento histórico singular como la discusión sobre el foquismo, la relación entre marxismo y peronismo, así como también la influencia ejercida desde el campo de los trabajadores por la CGT de los Argentinos. Sobre estos temas brindan materiales no demasiado conocidos que permite recrear la atmósfera de las polémicas y entender el fenómeno tan particular de esa juventud que pasó al campo nacional de manera tumultuosa, dispuesta a asaltar al cielo.
Finalmente, cabe destacar la recreación de los marcos históricos en que se desarrollan los diversos modelos de Universidad. En esa contraposición, y para aquellos que sólo ven los defectos en la épocas de avance popular, resulta oportuno recordarles no sólo que profesores y estudiantes universitarios embistieron contra Yrigoyen en 1930 y contra Perón en 1945, sino otros pecados no tan divulgados, como cuando el Consejo Superior Universitario se expidió favorablemente sobre el Tratado Roca Runciman, en plena Década Infame o cuando –y esto va por mi cuenta- la FUBA se ofreció en el 56 para manejar ‘democráticamente’ los tranvías ante la huelga de la U.T.A. Quizás algunos nos puedan tildar de tendenciosos por estas opiniones. En ese caso, estimo que no hay que preocuparse sino por el contrario, asumirse como tal. No hay historia sin política. Sólo que nosotros nos reconocemos integrando uno de los bandos en lucha, mientras que ellos pretenden que son neutros y pasan la mercadería de contrabando. O en otras palabras, la vieja enseñanza de Claude Lanzmann: “Cuando alguien dice que izquierdas y derechas no existen, es porque es de derecha”.
Saludemos, pues, la aparición de este ensayo que viene a cubrir un vacío en el pensamiento nacional y entendámoslo como la confirmación de que las mayorías populares en la Argentina están de nuevo avanzando, dispuestas a protagonizar en este momento clave de la historia latinoamericana, donde todo indica que están cada vez más cercanas las metas por las cuales bregaron nuestros libertadores.


Norberto Galasso

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