jueves, 17 de diciembre de 2020

El sentido de la universidad

 Aritz Recalde, 9 diciembre 2020


 Publicado en Revista Movimiento 

El pasado 6 de noviembre fui invitado a disertar en una actividad organizada por la Universidad Nacional de Hurlingam y por la Universidad del Sentido dependiente de la fundación Scholas, Organización Internacional de Derecho Pontificio creada por el Papa Francisco en el año 2013.

La consigna del encuentro fue “la construcción del sentido de los jóvenes en el mundo de la universidad”. El marco fue propicio para reflexionar sobre el origen, el significado presente y el devenir de nuestra tarea de educadores. Entre otros temas, surgieron los interrogantes ¿qué finalidad le damos a la enseñanza?, ¿qué valores transmite la universidad?, ¿qué imaginario tienen los jóvenes y cómo se forma? y ¿qué cultura estamos fomentando entre los estudiantes?.

La universidad y el sentido común del hombre contemporáneo

La universidad no es la única institución que construye el sentido de los jóvenes y coexiste con otros ámbitos formadores de los valores neoliberales hoy hegemónicos e imperantes en la mayoría de los países del mundo. El resultado de tales ideologías es la conformación del hombre masa y de la sociedad consumista, injusta y apática actual.  

El Papá Francisco viene alertando acerca de la crisis civilizatoria contemporánea que conduce a la sociedad a un estado permanente de indignidad, angustia, desigualdad y violencia. La humanidad atraviesa un drama existencial, caracterizado por el hecho de que abandonó el sentido trascendente para de la vida y todo se vuelve efímero y trivial. El individuo perdió conciencia de su origen y del mandato histórico y cultural de sus antecesores y lo remplazó por el consumo, por la alienación materialista y por la búsqueda autodestructiva de poder. El hombre posmoderno no tiene conciencia del pasado y tampoco obligaciones con el futuro y vive el presente en un estado de angustia e inseguridad emocional, de violencia y anomia frente al prójimo.     

De la lectura de las encíclicas Laudato Si (Cuidado de la Cada en Común) y Fratelli Tutti (Fraternidad y Amistad social) y de la exhortación apostólica Evangelli Gaudium (La Alegría del Evangelio), se observa con claridad que el hombre actual ha asimilado y naturalizado cuatro principios de una perniciosa ideología:

Primero: el mercado manda al hombre y la finanza domina al mercado. A diferencia de la ideología actual, Francisco considera que la economía debe orientarse al bien común de la colectividad y no a la mera acumulación de riqueza. El Papa alertó acerca del peligro que adquiere el actual poder omnímodo del dinero y de la especulación financiera que destruyen la producción y el trabajo derribando fronteras y suprimiendo derechos. Tal cual sostiene Francisco, el dinero parece adquirir vida propia y tiende a reinar la vida de los países, cuando en realidad debería servir al desarrollo humano y a la construcción de la libertad de los pueblos.

Segundo: la marginación y la desigualdad son hechos naturales del mercado. Francisco denunció el descarte social y la extendida pobreza actuales y los caracterizó, sin dudar, como parte de una realidad anticristiana y de una situación humanamente repudiable. El Papa alertó sobre el hecho de que se vienen profundizando las desigualdades dentro de cada nación y también entre los distintos Estados del planeta. El resultado del proceso es la coexistencia de un centro político rico y poderoso y unas periferias subdesarrolladas y pobres.

Tercero: la ciencia y la tecnología son neutrales y la trasformación que se está implementando sobre el mundo de la naturaleza es parte de la evolución. En Laudato Sí Francisco es enfático en destacar el inmenso peligro para la humanidad que acarrea la racionalidad actual, que destruye la naturaleza por intermedio de la expansión de la industria y del uso de la tecnología. En nombre del progreso y de la supuesta neutralidad de la ciencia moderna, se están demoliendo las bases materiales sobre las cuales funciona el planeta.

Cuarto: los valores y el mandato cultural e histórico son negativos e impiden el progreso universal. La ideología del hombre posmoderno sostiene que la religión y la tradición de las comunidades son supersticiones y resabios medievales que se tienen que erradicar. Se quiere imponer en su remplazo una racionalidad única, un igualitarismo autoritario de dimensión universal que niega la pluralidad étnica y nacional y que considera negativamente a la espiritualidad y a la tradición histórica de los pueblos. En nombre del progreso y de la evolución, la ideología neoliberal intenta borrar el irrenunciable derecho humano a la identidad tradicional, lingüista y religiosa local, nacional y regional. 

Resultante de esta ideología se formó el hombre masa, que está cada día más enajenado y separado de sí mismo, de sus vínculos familiares y de su comunidad. El pueblo siente que ya no controla el devenir y que su único fin es el consumo y la lucha animal por la supervivencia. Al ocultarle y negarle las finalidades colectivas, históricas y trascendentes, al hombre posmoderno solamente le queda el egoísmo material, el deseo de goce presente y la búsqueda destructiva de poder.

Al desligar a la persona de los valores, de la cultura y del mandato histórico de sus predecesores, se confunde fácilmente ser con tener, felicidad con consumo y bienestar con acumular bienes.

El individuo amoral actual actúa de manera violenta con los otros hombres y se dedica a luchar por el poder material y político sin reflexionar sobre los resultados de su accionar. Romano Guardini en el “Fin de los tiempos modernos” ya había alertado el resultado negativo de este proceso y estableció que “El hombre de los tiempos modernos abriga la opinión de que todo acrecentamiento de poder es, sin más, progreso, una elevación de seguridad, de bienestar, de utilidad, de plenitud de valores, de fuerza vital. En verdad, el poder es algo por entero polivalente. Puede crear el bien como el mal, edificar como destruir. Lo que realmente llega a ser depende del pensamiento que lo rige y del fin para el cual se lo utiliza”. Tal cual expresó lucidamente Guardini, “El hombre tiene poder sobre la cosas, pero no sobre su poder” y “no tiene conciencia, ni ética de los fines alcances de su poder”. 

El sentido histórico, social y colectivo de la universidad nacional y popular

Uno de los peligros que enfrenta la universidad actual es el de convertirse en un enseñadero sin alma y sin misión nacional e histórica, cuya única tarea sea la de titular a individuos egoístas y carentes de sentido de responsabilidad ética y social.   

La universidad tiene la irrenunciable responsabilidad de construir nuevos sentidos para los jóvenes, evitando caer en el utilitarismo y en las ideologías individualistas y del descarte propias de la posmodernidad. Con este fin, es fundamental educar en valores solidarios forjando una conciencia del deber del individuo para con su colectividad y con su historia. Es en este sentido que Jacques Maritain en “La educación en este momento crucial”, destacó que “La educación debe poner fin a la discordia entre las exigencias sociales y las del individuo dentro del hombre mismo. Necesario le es por consiguiente desarrollar a la vez el sentido de la libertad y el de la responsabilidad, el de los derechos y el de las obligaciones humanas, el valor de que se ha de revestir ante el peligro y en el ejercicio en aras del bien general, y al mismo tiempo el respeto de la humanidad en cada persona individual”. Como bien sostiene Maritain, la universidad tiene que garantizar la libertad y la realización individual, pero también debe imponer la obligación moral de los jóvenes de contribuir a la construcción de la comunidad, de la tradición cultural y del mandato histórico de la nación.

En la Argentina la universidad es autónoma en el plano académico y eso favorece la libertad de pensamiento y de catedra. También lo es en el terreno administrativo y esta condición auspicia la posibilidad de formular y de consolidar políticas de investigación y docentes de mediano y de largo plazo. En nuestra óptica, dicha autonomía nunca puede desligar a la institución de los fines y de las obligaciones históricas y debe estar guiada como plantea Maritain por el “ambiente social y la inspiración política” de la colectividad nacional.

 Las tres funciones de la universidad nacional y popular

La universidad nacional y popular debe orientar sus tres funciones al cumplimiento del bien común y de la emancipación y realización social, económica, cultural y política de la comunidad nacional e internacional.

 Función social

Históricamente, la universidad fue elitista y tuvo como objetivo demarcar y profundizar las diferencias de clase, étnicas, raciales y nacionales. En la tradición liberal solamente la clase alta ingresa a la institución que es arancelada y con eso controla más fácilmente el poder político. 

La universidad nacional y popular por el contrario, debe contribuir a la igualdad de posibilidades y al ascenso social, eliminando las limitaciones al ingreso y a la permanencia de origen económico o étnico. La institución tiene que fomentar el voluntariado social y la cooperación permanente de sus miembros con la comunidad extraacadémica, tendiendo a entablar diálogos y a buscar las soluciones que el pueblo y la nación demandan.

 Función política

La universidad educa al sector dirigente de los países y de sus aulas egresan buena parte de los miembros que conducen el gobierno, las empresas y las ONG.

Asimismo y tema fundamental, la institución introduce a la vida política a los jóvenes. La academia es una verdadera escuela para la futura dirigencia y allí los estudiantes encuentran un ambiente de estudio, de reflexión y de debate sobre los problemas nacionales y sociales. 

Es tarea fundamental de la universidad ennoblecer la política y ordenarla al cumplimiento del bien común y a la búsqueda de la libertad y de la realización de la comunidad nacional. Frente a la crisis de los partidos, la institución tiene que contribuir activamente a la educación de una dirigencia que supere el accionar de la “clase” política que procede pragmáticamente y con una lógica de beneficio corporativo que vende y que compra votos y leyes haciendo de la actividad un negocio.

La universidad puede ayudar a dignificar una función que es fundamental e irremplazable en la vida del hombre y que hace tiempo que está en decadencia. La institución debe elevar los fines de la política para orientarlos a la realización de las grandes causas, evitando el cortoplacismo y las típicas confusiones entre gobierno y Estado que le impiden al país pensar y construir proyectos a mediano y largo plazo.  Tiene que concientizar a los jóvenes en que el gobierno no es una caja para para las agrupaciones y las facciones partidarias, sino que es un medio de realización nacional y colectiva y que deben llegar los mejores hombres y mujeres a los cargos ennobleciendo la función pública. Los estudiantes deben persuadirse acerca de que la política no es un recurso para el enriquecimiento y el beneficio personal, sino que es una causa de reparación social y de ideales elevados.

Se trata como sostuvieron Alfredo Calcagno y de Luis Dellepiane, de formar una universidad que labore “por la ciencia, por la Patria, por la Libertad y por América”. En este crucial momento histórico, debemos educar a los jóvenes para que breguen por el derecho a la autodeterminación de los pueblos. Los estudiantes de hoy serán los responsables de edificar el pluri-verso y la multipolaridad de paz y de desarrollo de las naciones del mañana.   

 Función productiva y científica

Las universidades tienen la estratégica tarea de contribuir a formular un proyecto científico y tecnológico orientado al adelanto productivo e industrial y a la construcción de las bases materiales necesarias para superar el subdesarrollo.

La tecnología debe ser un instrumento para la solución de los problemas sanitarios, sociales, medioambientales y educativos los pueblos. Esta tarea requiere abandonar la mentalidad tecnocrática que liga la producción de saber a la mera acumulación de riqueza material. La ciencia y la tecnología tienen que orientarse al desarrollo pleno y sustentable de la comunidad.

Función cultural

La ideología neoliberal imperante es totalitaria y parte del erróneo supuesto de que existen una sola cultura y una idea de sociedad única y universal. Los intelectuales del pensamiento único anhelan formar una gran aldea global unificada culturalmente por internet y por el avance de las tecnologías borrando las identidades históricas, étnicas y nacionales. En realidad, en nombre de la universalidad quieren imponer la ideología occidental y centralmente anglosajona, que obliga a todos los pueblos a adherir al liberalismo de derecha o al liberalismo de izquierda. 

Las universidades tienen que ser ante todo nacionales y federales y deben estudiar, respetar y difundir los valores, la historia, la tradición, la identidad étnica y religiosa de cada comunidad. Respetando y revalorizando lo propio, es como se puede contribuir al cauce y al desenvolvimiento de la cultura universal.

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