
Aritz Recalde, junio 2010
En el artículo vamos a hacer un breve análisis de la historia de las universidades argentinas en el periodo que va de la inauguración de la Universidad de Córdoba de 1613, a la aparición del programa reformista del año 1918. En el recorrido tendremos en cuenta las vinculaciones existentes entre la institución educativa, el contexto histórico, el modelo productivo y la política. Vamos a trabajar sobre la hipótesis de la existencia de tres modelos diferenciados de universidad:
- La Universidad Colonial (Capitulo I);
- La Universidad Liberal o de los Abogados (Capitulo II).
- La Universidad Reformista (Capitulo III).
- La Universidad Colonial (Capitulo I);
- La Universidad Liberal o de los Abogados (Capitulo II).
- La Universidad Reformista (Capitulo III).
CAPITULO III`
LA UNIVERSIDAD EN LA ETAPA REFORMISTA
“Los que respiran en una época de excepción como la nuestra, lejos de epilogar sobre los acontecimientos, deben vivirlos; lejos de juzgar la historia, deben hacerla” .Manuel Ugarte (1996: 51)
El termino “reformismo” se utiliza para definir a las personas o corrientes culturales y/o políticas, que adhieren a los postulados para la organización de las casas de altos estudios impulsados en la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) en el año 1918. Dichos principios organizativos son el resultado de un conjunto de transformaciones propias de la universidad argentina pero y fundamentalmente, se ligan los cambios producidos en el país y el continente durante la presidencia de Hipólito Yrigoyen.
Yrigoyen fue un dirigente político que llegó a la presidencia del país en dos oportunidades (1916-22 y 1928-30) luego de un largo proceso que implicó la creación de un partido, la Unión Cívica Radical (UCR) y además, participó de varios procesos revolucionarios[1] contra el programa liberal. Los alcances de sus políticas pueden resumirse en tres grandes aspectos. Primero, el gobierno impulsó una democratización política y cultural en el país. Yrigoyen implementó el sufragio secreto y universal[2] que modificó profundamente el funcionamiento del sistema político, caracterizado por el fraude y el clientelismo de los gobiernos de la oligarquía liberal. Estas modificaciones impulsaron un importante movimiento político y cultural en el país y en particular, fueron motorizados los sectores medios. En dicho contexto, se generó la posibilidad de ingreso de nuevos dirigentes a la política argentina que cuestionaron en muchos casos, a los referentes políticos conservadores incluyendo los universitarios. Asimismo, la etapa implicó el reverdecimiento cultural y la posibilidad de promover nuevos debates intelectuales. Segundo: el gobierno impulsó una política exterior independiente que había sido abandonada desde la caída de Rosas y a partir de nuestro alineamiento a la geopolítica británica[3]. Esta posición soberana en las relaciones internacionales, se expresó y entre otras cuestiones, en la decisión del país de mantener la neutralidad en la primera guerra mundial y en el repudio por parte del gobierno a las actitudes de la ocupación de EUA en Nicaragua y a los Congresos Panamericanos. El tercer aspecto se refiere a la economía. Los principios fundamentales del modelo agroexportador heredado de la etapa anterior, no fueron modificados. Pese a eso, se debe hacer una salvedad con la apertura de Yacimiento Petrolíferos Fiscales (YPF) que Yrigoyen encomendó a Enrique Mosconi y con la participación del Estado como mediador en las discusiones salariales. Asimismo y durante su segundo gobierno, impulsó la nacionalización del petróleo lo que le valió un fuerte rechazo por parte de las empresas norteamericanas. La apertura de YPF y el impulso a la ciencia y las investigaciones militares, no son un dato menor y muchas de estas iniciativas tuvieron continuidad en la década del treinta con la aparición de polos de desarrollo y de empresas del Estado. Un caso paradigmático fue Fabricaciones Militares que estimuló la producción de aviones y también desde la acción militar, se impulsó a las industrias petroquímicas, de de armas o de autopartes de la industria.
Las propuestas de los reformadores
La reforma puede ser explicada a partir de identificar sus fines y los medios a partir de los cuales se pensó alcanzar los primeros. Los fines de los reformadores son complejos de identificar ya que fue un movimiento político y cultural que tuvo diferentes manifestaciones en las distintas universidades, además de la experiencia de Córdoba. Asimismo, la reforma y en consonancia con el reverdecimiento cultural fruto de la democratización política del país y del continente, impulsó los desarrollos intelectuales de figuras diversas como fueron Deodoro Roca, Aníbal Ponce, Manuel Ugarte, Saúl Taborda[4], Alejandro Korn, Alfredo Palacios, José Ingenieros o Gabriel del Mazo, que no tienen necesariamente, una misma concepción acerca de la cultura, las prácticas políticas o los modelos a implementar en la universidad argentina. Es bueno reiterar que la reforma fue una corriente cultural que no se expresó solamente en un debate sobre la organización del gobierno de la universidad, sino que lo excedió y que adquirió diversas manifestaciones en América Latina. Más allá de dicha complejidad, los reformadores legaron una práctica y algunos documentos, entre los que resalta el Manifiesto Liminar que resumió gran parte de sus concepciones.
A- Finalidades de la reforma.
Primero: la juventud tiene el deber histórico de ser un factor de transformación política y cultural. Uno de los hechos más trascendentes inaugurados por los reformadores se relacionó a que promovieron una participación más activa de la juventud en los debates sobre la organización de la política y la sociedad. No habían sido los primeros[5], ni tampoco serán los últimos, pero y lo que es innegable, legaron una concepción voluntarista y vanguardista del lugar de las juventudes en su relación con las realidades del continente. El contexto general era el yrigoyenismo que motorizó la participación popular en la vida pública desde la aplicación de la Ley Sáenz Peña. Así es como el Manifiesto Liminar expresó que “La única puerta que nos queda abierta a la esperanza, es el destino heroico de la juventud (…) el sacrificio es nuestro mejor estímulo, la redención espiritual de las juventudes americanas nuestra única recompensa”. No fue casualidad que en el año 1918 se impulsó la apertura de la Federación Universitaria Argentina (FUA) y que tras ella, se promovieron los congresos latinoamericanos de juventud.
Segundo: se debe renovar la producción de la cultura y las universidades pueden ser la vanguardia en dicha tarea. El Manifiesto Liminar expresó un cuestionamiento a los contenidos y las concepciones de la universidad, ya que “Las Universidades han sido hasta aquí el refugio secular de los mediocres, la renta de los ignorantes, la hospitalización segura de los inválidos y lo que es peor aún, el lugar en donde todas las formas de tiranizar y de insensibilizar hallaron la cátedra que las dictara”. Frente a dicho panorama, se impulsaron debates y se promovieron figuras intelectuales como los ya mencionados Ingenieros, Korn[6], Palacios o Taborda. Estos objetivos implicaban en opinión de los reformadores, la necesidad de renovar los contenidos y las metodologías de la enseñanza universitaria para poder vincular el saber a las problemáticas del contexto social e histórico. En muchos casos, dicha renovación se trato de una crítica al positivismo, al catolicismo o al pragmatismo liberal.
Tercero: se debía retomar la dimensión americana en las producciones culturales. El Manifiesto Liminar se dirigió a los “hombres libres de Sudamérica” y mencionó que se estaba viviendo una “hora americana”. Tal cual mencionamos, el gobierno de Yrigoyen tenía una política exterior de contenido latinoamericano que actuó como marco general de una generación de argentinos que miraban nuevamente hacia el continente. Dicha mención tendría expresión en la organización de Congresos y de encuentros latinoamericanos y en la producción de intelectuales reformistas, como es el caso de Ingenieros o de Manuel Ugarte. Según Piñeiro Iñiguez “la presencia de Ugarte en la Reforma Universitaria es decisiva. En particular, para que ésta adopte ese claro perfil latinoamericanista, poco común en las iniciativas progresistas argentinas, orgullosas de su hipotético europeísmo” (Piñeiro Iñiguez, 2006: 127-140). El postulado venía a cuestionar en varios aspectos, la tradición europeísta de las universidades y de los intelectuales argentinos, cuya perspectiva teórica era principalmente, importada del viejo continente. Es interesante remarcar que diversos dirigentes del sur del continente con posiciones marcadamente antiimperialistas, adhirieron a los principios reformistas y figuras disimiles en el tiempo o en las ideologías como los cubanos Julio Antonio Mella y Fidel Castro o los peruanos Haya de La Torre[7] y José Carlos Mariategui[8], se reconocen devotos de dicho movimiento (Piñeiro Iñiguez, 2006 o Kohan, 2000).
B- Medios implementados.
Los fines mencionados por los reformistas y en su opinión, se veían imposibilitados por las falencias en el funcionamiento de las universidades, ya que y tal cuál se mencionó en el Manifiesto Liminar el “régimen universitario -aún el más reciente- es anacrónico. Está fundado sobre una especie del derecho divino: el derecho divino del profesorado universitario”. La crítica debe atenderse en el contexto propio de la universidad y además, en la coyuntura característica de la ciudad de Córdoba de la época. El sistema político recién iniciaba la democracia a partir del sufragio universal y muchas de las decisiones eran tomadas por las elites conservadoras y católicas que tenían influencia sobre los Académicos y demás funcionarios universitarios.
Con anterioridad a los sucesos de la UNC del año 1918 ya habían ocurrido algunos hechos que cuestionaban el funcionamiento de la UBA y que implicaron la reforma de sus estatutos en 1906. Desde el año 1903 los estudiantes venían reclamando la modificación de los exámenes, la reforma de los planes de estudio, la desaparición de las Academias y la validez de un concurso en la Facultad de Medicina. Tras algunas manifestaciones y huelgas, se modificó el Estatuto que permitió el ingreso de los docentes a los Consejos desplazando a los Académicos. Relacionado a estos fenómenos y en el año 1908, se creo la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA).
Los estudiantes de la Universidad de Córdoba cuestionaban la gestión de los Académicos y los modos de designar docentes que administraban las instituciones sin atender gran parte de sus reclamos. Dichas exigencias se expresaron en una sucesión de conflictos entre los estudiantes y la institución y estuvieron relacionados entre otros temas, al modelo de asistencia a clase o a la propuesta de la Facultad de Medicina de la UNC de cerrar el internado del Hospital de Clínicas durante el año 1917. En este cuadro, en el año 1918 se conformó un Comité pro reforma y se elevaron los reclamos al gobierno de la universidad que fueron desestimados, acelerando una escalada de manifestaciones públicas y una huelga general que terminó con la intervención de la UNC por parte del gobierno nacional y previa solicitud de los reformistas.
Hipólito Yrigoyen atendió los reclamos estudiantiles y designó al interventor José Nicolás Matienzo que dio por tierra el cierre del internado y modificó el Estatuto del año 1893. La reforma modificó el carácter vitalicio de los consejeros y desplazó a los Académicos proponiendo a los docentes para el control de la universidad. De esta manera, el dirigente radical continuó con sus acciones para democratizar el sistema político desplazando a los dirigentes de las elites tradicionales. Los cambios iniciados no terminaron con los reclamos de la juventud ya que en la convocatoria a la elección de Rector luego de la intervención Matienzo, la Asamblea Universitaria nombró a Antonio Nores que era un personaje ligado a los adversarios políticos de los reformistas y que por eso, no reconocieron al funcionario. Se produjo una nueva intervención del Ministro de Culto e Instrucción Pública, José Salinas. La intervención revocó la elección de los funcionarios cuestionados y nombró por Decreto al Rector, Vicerrector y a los miembros de los Consejo Superior y Directivos.
Lo que es importante mencionar además, es que Salinas promovió la consolidación del cogobierno que es la facultad que tiene la universidad de gobernarse a si misma por intermedio de la elección de sus representantes en los Consejos Superior y Directivo y en los órganos ejecutivos (Rector y Decanos). La reforma propuesta implicó la transferencia de poder desde los Académicos hacia los docentes. La participación estudiantil se ligó a la potestad que tenían los jóvenes de proponer en Asambleas a los graduados y docentes para que los representen en los Consejos. Su participación no implicó el ingreso de los estudiantes a los Consejos de manera directa con voz y voto. Según el estudio desarrollado por Juan Carlos Del Bello (2007), existieron solamente dos iniciativas de participación directa de los estudiantes en los Consejos hasta el año de su legalización nacional de 1955: una fue implementada en la Universidad Nacional de Tucumán en 1924 y otra en la Universidad Nacional del Litoral en 1922.
En este marco, ingresaron a la UNC docentes ligados a la intervención y depositarios de posiciones cercanas a los reformistas. Esta medida bajó el nivel de enfrentamiento de los estudiantes y pasó a un segundo plano el debate sobre la designación de docentes por intermedio de concursos u otros métodos similares propios del cogobierno. La elección de docentes quedó sujeta al modelo heredado de la Ley Avellaneda y los profesores continuaron siendo seleccionador por el Poder Ejecutivo nacional a través de una terna enviada por las universidades.
Se suponía que una vez garantizada la democratización universitaria frente al marco autoritario del contexto político controlado por las elites, la juventud podía impulsar los fines universitarios mencionados.
Interpretaciones de la reforma
“La universidad no puede ser una fábrica de diplomados. El estudiantado hasta ahora buscó obtener un título que le diera un privilegio social y económico sobre el resto de los ciudadanos. Queremos que la universidad sea parte integrante de la gran labor de construcción de una nueva Argentina, que vaya forjando un nuevo hombre argentino, en todos sus aspectos”.
“Los que respiran en una época de excepción como la nuestra, lejos de epilogar sobre los acontecimientos, deben vivirlos; lejos de juzgar la historia, deben hacerla” .Manuel Ugarte (1996: 51)
El termino “reformismo” se utiliza para definir a las personas o corrientes culturales y/o políticas, que adhieren a los postulados para la organización de las casas de altos estudios impulsados en la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) en el año 1918. Dichos principios organizativos son el resultado de un conjunto de transformaciones propias de la universidad argentina pero y fundamentalmente, se ligan los cambios producidos en el país y el continente durante la presidencia de Hipólito Yrigoyen.
Yrigoyen fue un dirigente político que llegó a la presidencia del país en dos oportunidades (1916-22 y 1928-30) luego de un largo proceso que implicó la creación de un partido, la Unión Cívica Radical (UCR) y además, participó de varios procesos revolucionarios[1] contra el programa liberal. Los alcances de sus políticas pueden resumirse en tres grandes aspectos. Primero, el gobierno impulsó una democratización política y cultural en el país. Yrigoyen implementó el sufragio secreto y universal[2] que modificó profundamente el funcionamiento del sistema político, caracterizado por el fraude y el clientelismo de los gobiernos de la oligarquía liberal. Estas modificaciones impulsaron un importante movimiento político y cultural en el país y en particular, fueron motorizados los sectores medios. En dicho contexto, se generó la posibilidad de ingreso de nuevos dirigentes a la política argentina que cuestionaron en muchos casos, a los referentes políticos conservadores incluyendo los universitarios. Asimismo, la etapa implicó el reverdecimiento cultural y la posibilidad de promover nuevos debates intelectuales. Segundo: el gobierno impulsó una política exterior independiente que había sido abandonada desde la caída de Rosas y a partir de nuestro alineamiento a la geopolítica británica[3]. Esta posición soberana en las relaciones internacionales, se expresó y entre otras cuestiones, en la decisión del país de mantener la neutralidad en la primera guerra mundial y en el repudio por parte del gobierno a las actitudes de la ocupación de EUA en Nicaragua y a los Congresos Panamericanos. El tercer aspecto se refiere a la economía. Los principios fundamentales del modelo agroexportador heredado de la etapa anterior, no fueron modificados. Pese a eso, se debe hacer una salvedad con la apertura de Yacimiento Petrolíferos Fiscales (YPF) que Yrigoyen encomendó a Enrique Mosconi y con la participación del Estado como mediador en las discusiones salariales. Asimismo y durante su segundo gobierno, impulsó la nacionalización del petróleo lo que le valió un fuerte rechazo por parte de las empresas norteamericanas. La apertura de YPF y el impulso a la ciencia y las investigaciones militares, no son un dato menor y muchas de estas iniciativas tuvieron continuidad en la década del treinta con la aparición de polos de desarrollo y de empresas del Estado. Un caso paradigmático fue Fabricaciones Militares que estimuló la producción de aviones y también desde la acción militar, se impulsó a las industrias petroquímicas, de de armas o de autopartes de la industria.
Las propuestas de los reformadores
La reforma puede ser explicada a partir de identificar sus fines y los medios a partir de los cuales se pensó alcanzar los primeros. Los fines de los reformadores son complejos de identificar ya que fue un movimiento político y cultural que tuvo diferentes manifestaciones en las distintas universidades, además de la experiencia de Córdoba. Asimismo, la reforma y en consonancia con el reverdecimiento cultural fruto de la democratización política del país y del continente, impulsó los desarrollos intelectuales de figuras diversas como fueron Deodoro Roca, Aníbal Ponce, Manuel Ugarte, Saúl Taborda[4], Alejandro Korn, Alfredo Palacios, José Ingenieros o Gabriel del Mazo, que no tienen necesariamente, una misma concepción acerca de la cultura, las prácticas políticas o los modelos a implementar en la universidad argentina. Es bueno reiterar que la reforma fue una corriente cultural que no se expresó solamente en un debate sobre la organización del gobierno de la universidad, sino que lo excedió y que adquirió diversas manifestaciones en América Latina. Más allá de dicha complejidad, los reformadores legaron una práctica y algunos documentos, entre los que resalta el Manifiesto Liminar que resumió gran parte de sus concepciones.
A- Finalidades de la reforma.
Primero: la juventud tiene el deber histórico de ser un factor de transformación política y cultural. Uno de los hechos más trascendentes inaugurados por los reformadores se relacionó a que promovieron una participación más activa de la juventud en los debates sobre la organización de la política y la sociedad. No habían sido los primeros[5], ni tampoco serán los últimos, pero y lo que es innegable, legaron una concepción voluntarista y vanguardista del lugar de las juventudes en su relación con las realidades del continente. El contexto general era el yrigoyenismo que motorizó la participación popular en la vida pública desde la aplicación de la Ley Sáenz Peña. Así es como el Manifiesto Liminar expresó que “La única puerta que nos queda abierta a la esperanza, es el destino heroico de la juventud (…) el sacrificio es nuestro mejor estímulo, la redención espiritual de las juventudes americanas nuestra única recompensa”. No fue casualidad que en el año 1918 se impulsó la apertura de la Federación Universitaria Argentina (FUA) y que tras ella, se promovieron los congresos latinoamericanos de juventud.
Segundo: se debe renovar la producción de la cultura y las universidades pueden ser la vanguardia en dicha tarea. El Manifiesto Liminar expresó un cuestionamiento a los contenidos y las concepciones de la universidad, ya que “Las Universidades han sido hasta aquí el refugio secular de los mediocres, la renta de los ignorantes, la hospitalización segura de los inválidos y lo que es peor aún, el lugar en donde todas las formas de tiranizar y de insensibilizar hallaron la cátedra que las dictara”. Frente a dicho panorama, se impulsaron debates y se promovieron figuras intelectuales como los ya mencionados Ingenieros, Korn[6], Palacios o Taborda. Estos objetivos implicaban en opinión de los reformadores, la necesidad de renovar los contenidos y las metodologías de la enseñanza universitaria para poder vincular el saber a las problemáticas del contexto social e histórico. En muchos casos, dicha renovación se trato de una crítica al positivismo, al catolicismo o al pragmatismo liberal.
Tercero: se debía retomar la dimensión americana en las producciones culturales. El Manifiesto Liminar se dirigió a los “hombres libres de Sudamérica” y mencionó que se estaba viviendo una “hora americana”. Tal cual mencionamos, el gobierno de Yrigoyen tenía una política exterior de contenido latinoamericano que actuó como marco general de una generación de argentinos que miraban nuevamente hacia el continente. Dicha mención tendría expresión en la organización de Congresos y de encuentros latinoamericanos y en la producción de intelectuales reformistas, como es el caso de Ingenieros o de Manuel Ugarte. Según Piñeiro Iñiguez “la presencia de Ugarte en la Reforma Universitaria es decisiva. En particular, para que ésta adopte ese claro perfil latinoamericanista, poco común en las iniciativas progresistas argentinas, orgullosas de su hipotético europeísmo” (Piñeiro Iñiguez, 2006: 127-140). El postulado venía a cuestionar en varios aspectos, la tradición europeísta de las universidades y de los intelectuales argentinos, cuya perspectiva teórica era principalmente, importada del viejo continente. Es interesante remarcar que diversos dirigentes del sur del continente con posiciones marcadamente antiimperialistas, adhirieron a los principios reformistas y figuras disimiles en el tiempo o en las ideologías como los cubanos Julio Antonio Mella y Fidel Castro o los peruanos Haya de La Torre[7] y José Carlos Mariategui[8], se reconocen devotos de dicho movimiento (Piñeiro Iñiguez, 2006 o Kohan, 2000).
B- Medios implementados.
Los fines mencionados por los reformistas y en su opinión, se veían imposibilitados por las falencias en el funcionamiento de las universidades, ya que y tal cuál se mencionó en el Manifiesto Liminar el “régimen universitario -aún el más reciente- es anacrónico. Está fundado sobre una especie del derecho divino: el derecho divino del profesorado universitario”. La crítica debe atenderse en el contexto propio de la universidad y además, en la coyuntura característica de la ciudad de Córdoba de la época. El sistema político recién iniciaba la democracia a partir del sufragio universal y muchas de las decisiones eran tomadas por las elites conservadoras y católicas que tenían influencia sobre los Académicos y demás funcionarios universitarios.
Con anterioridad a los sucesos de la UNC del año 1918 ya habían ocurrido algunos hechos que cuestionaban el funcionamiento de la UBA y que implicaron la reforma de sus estatutos en 1906. Desde el año 1903 los estudiantes venían reclamando la modificación de los exámenes, la reforma de los planes de estudio, la desaparición de las Academias y la validez de un concurso en la Facultad de Medicina. Tras algunas manifestaciones y huelgas, se modificó el Estatuto que permitió el ingreso de los docentes a los Consejos desplazando a los Académicos. Relacionado a estos fenómenos y en el año 1908, se creo la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA).
Los estudiantes de la Universidad de Córdoba cuestionaban la gestión de los Académicos y los modos de designar docentes que administraban las instituciones sin atender gran parte de sus reclamos. Dichas exigencias se expresaron en una sucesión de conflictos entre los estudiantes y la institución y estuvieron relacionados entre otros temas, al modelo de asistencia a clase o a la propuesta de la Facultad de Medicina de la UNC de cerrar el internado del Hospital de Clínicas durante el año 1917. En este cuadro, en el año 1918 se conformó un Comité pro reforma y se elevaron los reclamos al gobierno de la universidad que fueron desestimados, acelerando una escalada de manifestaciones públicas y una huelga general que terminó con la intervención de la UNC por parte del gobierno nacional y previa solicitud de los reformistas.
Hipólito Yrigoyen atendió los reclamos estudiantiles y designó al interventor José Nicolás Matienzo que dio por tierra el cierre del internado y modificó el Estatuto del año 1893. La reforma modificó el carácter vitalicio de los consejeros y desplazó a los Académicos proponiendo a los docentes para el control de la universidad. De esta manera, el dirigente radical continuó con sus acciones para democratizar el sistema político desplazando a los dirigentes de las elites tradicionales. Los cambios iniciados no terminaron con los reclamos de la juventud ya que en la convocatoria a la elección de Rector luego de la intervención Matienzo, la Asamblea Universitaria nombró a Antonio Nores que era un personaje ligado a los adversarios políticos de los reformistas y que por eso, no reconocieron al funcionario. Se produjo una nueva intervención del Ministro de Culto e Instrucción Pública, José Salinas. La intervención revocó la elección de los funcionarios cuestionados y nombró por Decreto al Rector, Vicerrector y a los miembros de los Consejo Superior y Directivos.
Lo que es importante mencionar además, es que Salinas promovió la consolidación del cogobierno que es la facultad que tiene la universidad de gobernarse a si misma por intermedio de la elección de sus representantes en los Consejos Superior y Directivo y en los órganos ejecutivos (Rector y Decanos). La reforma propuesta implicó la transferencia de poder desde los Académicos hacia los docentes. La participación estudiantil se ligó a la potestad que tenían los jóvenes de proponer en Asambleas a los graduados y docentes para que los representen en los Consejos. Su participación no implicó el ingreso de los estudiantes a los Consejos de manera directa con voz y voto. Según el estudio desarrollado por Juan Carlos Del Bello (2007), existieron solamente dos iniciativas de participación directa de los estudiantes en los Consejos hasta el año de su legalización nacional de 1955: una fue implementada en la Universidad Nacional de Tucumán en 1924 y otra en la Universidad Nacional del Litoral en 1922.
En este marco, ingresaron a la UNC docentes ligados a la intervención y depositarios de posiciones cercanas a los reformistas. Esta medida bajó el nivel de enfrentamiento de los estudiantes y pasó a un segundo plano el debate sobre la designación de docentes por intermedio de concursos u otros métodos similares propios del cogobierno. La elección de docentes quedó sujeta al modelo heredado de la Ley Avellaneda y los profesores continuaron siendo seleccionador por el Poder Ejecutivo nacional a través de una terna enviada por las universidades.
Se suponía que una vez garantizada la democratización universitaria frente al marco autoritario del contexto político controlado por las elites, la juventud podía impulsar los fines universitarios mencionados.
Interpretaciones de la reforma
“La universidad no puede ser una fábrica de diplomados. El estudiantado hasta ahora buscó obtener un título que le diera un privilegio social y económico sobre el resto de los ciudadanos. Queremos que la universidad sea parte integrante de la gran labor de construcción de una nueva Argentina, que vaya forjando un nuevo hombre argentino, en todos sus aspectos”.
Rodolfo Puiggrós
No hay acuerdo entre los historiadores y las corrientes políticas y culturales universitarias acerca de la interpretación sobre los alcances y objetivos concretos de la reforma. En este cuadro, es habitual que se haga una recuperación del proceso definiéndola estrictamente como un sinónimo de gobierno propio de las universidades (autonomía). Dichas perspectivas suelen perder de vista la finalidad originaria del movimiento y se desconocen o se subestiman las posiciones de sus intelectuales y figuras más prominentes. De esta manera, se hace hincapié en los medios políticos y de gobierno aplicados por la reforma y no así, en los aspectos fundamentales del resultado de sus prácticas y de sus objetivos fundamentales. La historia de las universidades argentinas luego del año 1918 puso al descubierto estas complejidades cuando y por ejemplo, las agrupaciones reformistas apoyaron el golpe de Estado del año 1930 contra el dirigente político que los había impulsado o cuando impulsaron el terrorismo militar en el año 1955. Los promotores que inscriben estas acciones en la tradición reformista hacen hincapié y privilegian como tema fundamental, la defensa de la autonomía universitaria frente al accionar del Estado incluyendo incluso, la posibilidad de apoyar medidas antidemocráticas y antipopulares.
Tomando distancia de esa interpretación, están aquellos que establecen que la reforma se define a partir del llamado a la juventud y a la universidad a jugar un rol importante en los procesos sociales, pasando a un segundo plano los debates sobre el cogobierno o la autonomía. A partir de aquí, es que diversos grupos políticos e intelectuales se reconocen deudores de la reforma pero promueven otras prácticas universitarias distantes del mero debate del cogobierno. Un caso paradigmático se refiere a las tradiciones de izquierda universitaria en América Latina, que y tomando un ejemplo como Cuba, rescatan la reforma pero en sus universidades no se administran con el modelo del cogobierno argentino.
En está línea de interpretación que privilegia los fines sobre los medios, se puede mencionar a intelectuales como Arturo Jauretche o Juan José Hernández Arregui que y pese a haber militado en su juventud en las filas del radicalismo y el reformismo, han considerado críticamente las prácticas de los universitarios con posterioridad al año 1918. Hernández Arregui remarcó la importancia histórica de la reforma como movimiento cultural y político de cariz transformador y latinoamericano, pero y luego de analizar la historia mencionó que existió una marcada incapacidad de las universidades para acompañar el desarrollo nacional a partir de la producción de conocimiento y de prácticas socialmente relevantes. Por el contrario, las universidades y en opinión de Arregui, habían apuntalado programas antidemocráticos en lo político y extranjerizantes en lo económico, tomando distancia con los postulados reformistas de intelectuales como Manuel Ugarte. Asimismo, el autor consideró que la juventud argentina de clase media fue incapaz de articular sus prácticas con las del movimiento obrero, cuestión que favoreció su enfrentamiento a los programas políticos democráticos de contenido popular como fue el caso del gobierno de Hipólito Yrigoyen o de Juan Perón. El autor desestimó en su análisis el supuesto de que la reforma era sinónimo de la autonomía y dicha cuestión le permitió establecer que la aplicación concreta de esas consignas fue empleada por otros proyectos de país, a los cuales la clase media había cuestionado citando la autonomía universitaria y las consignas del año 1918. En sus palabras “Los postulados de la Reforma del 18, extensión universitaria, agremiación estudiantil, becas, residencias estudiantiles, cooperativas, comedores y asistencia médica gratuita, universidad abierta al pueblo, equivalencia de títulos para los estudiantes latinoamericanos, etc., fueron conquistas de la época de Perón” (Arregui, 2004: 367-368).
Arturo Jauretche y de manera similar a Hernández Arregui, consideró de manera positiva la impronta de origen del movimiento reformista, pero concluyó igual que éste, que la experiencia finalmente fracaso al ser desnaturalizado el movimiento original. La reforma habría de ser más positiva en otros países de América Latina y en Argentina fracaso ya que “No supo integrar la universidad en el país (…) El desiderátum entonces es una universidad aséptica, depurada de toda preocupación vinculada con el destino de la comunidad y, por consecuencia, de la nación, a la que da expertos despreocupados de los fines de la técnica y el resultado de su aplicación” (Jauretche 2004: 136-137).
Otros intelectuales como Oscar Varsavsky (1969) remarcaron la dificultad del sistema de ciencia y técnica y de las universidades reformistas, para articular la autonomía con la resolución de los problemas nacionales. El debate sobre la autonomía sin plantear los para qué de ella y sin preguntarse la relación posible y necesaria entre saber, política y sociedad, corrían el peligro de derivar hacia posiciones que el autor denominó como cientificistas o desarrollistas. Estos últimos, son los docentes e investigadores cuya producción no es un medio para resolver los problemas sociales y productivos de un país y por el contrario, son un instrumento para reforzar las desigualdades, la dependencia y el subdesarrollo.
La polémica sobre los alcances de la reforma continúa abierta. En este marco, sigue vigente la necesidad de que nuestras universidades y sus jóvenes, se comprometan masivamente en con la producción de conocimiento socialmente relevante y con la construcción de un país industrial, soberano y con justicia social o como sostiene Ana Jaramillo “No se puede hacer ciencia y técnica sin preguntarnos para qué fin, a quién sirve, si implica un bien para la sociedad, la nación la humanidad. No se puede enseñar una profesión sin preparar ese individuo para la vida, sin sembrar en él la reflexión crítica sobre el ejercicio de la misma y su compromiso con la comunidad a la cual pertenece y se debe, para construir una sociedad mejor” (Jaramillo, 2006: 55).
[1] Revolución del Parque contra el gobierno de Juárez Celman; el levantamiento de julio de 1893 contra Luis Sáenz Peña y en el año 1905 contra Manuel Quintana.
[2] La ley fue sancionada en el año 1912. El reclamó de voto secreto y universal tenía otros impulsores además de la UCR, como fue el Partido Socialista. Con la reforma electoral seguían sin votar las mujeres o los miembros de las fuerzas de seguridad.
[3] Existieron excepciones en las gestiones de Bernardo de Irigoyen o de Luis María Drago que marcaron algunos trazos importantes de la política exterior. Este último, se opuso a la ocupación militar de Venezuela de 1902 ejercida por Alemania, Inglaterra e Italia para cobrar la deuda externa inaugurando la llamada “doctrina drago”.
[4] Saúl Taborda fue Rector del Colegio nacional de la UNLP en el año 1920 (Taborda 2009).
[5] Del proceso de la independencia de 1816 a la fecha se produjeron 4 grandes intervenciones de la juventud como actor político y cultural. La primera fue la “generación del 37”; la segunda fue la “juventud del ochenta”; la tercera la “juventud reformista”; y la cuarta y última gran intervención generacional fue la “juventud de los años sesenta y setenta”.
[6] Según Luis Aznar (1936: 9) “Alejandro Korn bregó incansablemente para que los estudiantes dieran a su movimiento un contenido que estaba más allá de los estatutos y de la modificación de los planes de estudio. Lo que fallaba era la universidad en si, como institución divorciada de la realidad social que la sustentaba”.
[7] Haya de LaTorre fue presidente de la Federación universitaria del Perú y fundador del APRA.
[8] El caso de Mariategui es emblemático de la exportación del modelo reformista a América latina. En su obra Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana el autor le dedica un apartado a la aplicación de los principios reformistas en la Universidad de Lima (Mariategui, 2005).
No hay acuerdo entre los historiadores y las corrientes políticas y culturales universitarias acerca de la interpretación sobre los alcances y objetivos concretos de la reforma. En este cuadro, es habitual que se haga una recuperación del proceso definiéndola estrictamente como un sinónimo de gobierno propio de las universidades (autonomía). Dichas perspectivas suelen perder de vista la finalidad originaria del movimiento y se desconocen o se subestiman las posiciones de sus intelectuales y figuras más prominentes. De esta manera, se hace hincapié en los medios políticos y de gobierno aplicados por la reforma y no así, en los aspectos fundamentales del resultado de sus prácticas y de sus objetivos fundamentales. La historia de las universidades argentinas luego del año 1918 puso al descubierto estas complejidades cuando y por ejemplo, las agrupaciones reformistas apoyaron el golpe de Estado del año 1930 contra el dirigente político que los había impulsado o cuando impulsaron el terrorismo militar en el año 1955. Los promotores que inscriben estas acciones en la tradición reformista hacen hincapié y privilegian como tema fundamental, la defensa de la autonomía universitaria frente al accionar del Estado incluyendo incluso, la posibilidad de apoyar medidas antidemocráticas y antipopulares.
Tomando distancia de esa interpretación, están aquellos que establecen que la reforma se define a partir del llamado a la juventud y a la universidad a jugar un rol importante en los procesos sociales, pasando a un segundo plano los debates sobre el cogobierno o la autonomía. A partir de aquí, es que diversos grupos políticos e intelectuales se reconocen deudores de la reforma pero promueven otras prácticas universitarias distantes del mero debate del cogobierno. Un caso paradigmático se refiere a las tradiciones de izquierda universitaria en América Latina, que y tomando un ejemplo como Cuba, rescatan la reforma pero en sus universidades no se administran con el modelo del cogobierno argentino.
En está línea de interpretación que privilegia los fines sobre los medios, se puede mencionar a intelectuales como Arturo Jauretche o Juan José Hernández Arregui que y pese a haber militado en su juventud en las filas del radicalismo y el reformismo, han considerado críticamente las prácticas de los universitarios con posterioridad al año 1918. Hernández Arregui remarcó la importancia histórica de la reforma como movimiento cultural y político de cariz transformador y latinoamericano, pero y luego de analizar la historia mencionó que existió una marcada incapacidad de las universidades para acompañar el desarrollo nacional a partir de la producción de conocimiento y de prácticas socialmente relevantes. Por el contrario, las universidades y en opinión de Arregui, habían apuntalado programas antidemocráticos en lo político y extranjerizantes en lo económico, tomando distancia con los postulados reformistas de intelectuales como Manuel Ugarte. Asimismo, el autor consideró que la juventud argentina de clase media fue incapaz de articular sus prácticas con las del movimiento obrero, cuestión que favoreció su enfrentamiento a los programas políticos democráticos de contenido popular como fue el caso del gobierno de Hipólito Yrigoyen o de Juan Perón. El autor desestimó en su análisis el supuesto de que la reforma era sinónimo de la autonomía y dicha cuestión le permitió establecer que la aplicación concreta de esas consignas fue empleada por otros proyectos de país, a los cuales la clase media había cuestionado citando la autonomía universitaria y las consignas del año 1918. En sus palabras “Los postulados de la Reforma del 18, extensión universitaria, agremiación estudiantil, becas, residencias estudiantiles, cooperativas, comedores y asistencia médica gratuita, universidad abierta al pueblo, equivalencia de títulos para los estudiantes latinoamericanos, etc., fueron conquistas de la época de Perón” (Arregui, 2004: 367-368).
Arturo Jauretche y de manera similar a Hernández Arregui, consideró de manera positiva la impronta de origen del movimiento reformista, pero concluyó igual que éste, que la experiencia finalmente fracaso al ser desnaturalizado el movimiento original. La reforma habría de ser más positiva en otros países de América Latina y en Argentina fracaso ya que “No supo integrar la universidad en el país (…) El desiderátum entonces es una universidad aséptica, depurada de toda preocupación vinculada con el destino de la comunidad y, por consecuencia, de la nación, a la que da expertos despreocupados de los fines de la técnica y el resultado de su aplicación” (Jauretche 2004: 136-137).
Otros intelectuales como Oscar Varsavsky (1969) remarcaron la dificultad del sistema de ciencia y técnica y de las universidades reformistas, para articular la autonomía con la resolución de los problemas nacionales. El debate sobre la autonomía sin plantear los para qué de ella y sin preguntarse la relación posible y necesaria entre saber, política y sociedad, corrían el peligro de derivar hacia posiciones que el autor denominó como cientificistas o desarrollistas. Estos últimos, son los docentes e investigadores cuya producción no es un medio para resolver los problemas sociales y productivos de un país y por el contrario, son un instrumento para reforzar las desigualdades, la dependencia y el subdesarrollo.
La polémica sobre los alcances de la reforma continúa abierta. En este marco, sigue vigente la necesidad de que nuestras universidades y sus jóvenes, se comprometan masivamente en con la producción de conocimiento socialmente relevante y con la construcción de un país industrial, soberano y con justicia social o como sostiene Ana Jaramillo “No se puede hacer ciencia y técnica sin preguntarnos para qué fin, a quién sirve, si implica un bien para la sociedad, la nación la humanidad. No se puede enseñar una profesión sin preparar ese individuo para la vida, sin sembrar en él la reflexión crítica sobre el ejercicio de la misma y su compromiso con la comunidad a la cual pertenece y se debe, para construir una sociedad mejor” (Jaramillo, 2006: 55).
[1] Revolución del Parque contra el gobierno de Juárez Celman; el levantamiento de julio de 1893 contra Luis Sáenz Peña y en el año 1905 contra Manuel Quintana.
[2] La ley fue sancionada en el año 1912. El reclamó de voto secreto y universal tenía otros impulsores además de la UCR, como fue el Partido Socialista. Con la reforma electoral seguían sin votar las mujeres o los miembros de las fuerzas de seguridad.
[3] Existieron excepciones en las gestiones de Bernardo de Irigoyen o de Luis María Drago que marcaron algunos trazos importantes de la política exterior. Este último, se opuso a la ocupación militar de Venezuela de 1902 ejercida por Alemania, Inglaterra e Italia para cobrar la deuda externa inaugurando la llamada “doctrina drago”.
[4] Saúl Taborda fue Rector del Colegio nacional de la UNLP en el año 1920 (Taborda 2009).
[5] Del proceso de la independencia de 1816 a la fecha se produjeron 4 grandes intervenciones de la juventud como actor político y cultural. La primera fue la “generación del 37”; la segunda fue la “juventud del ochenta”; la tercera la “juventud reformista”; y la cuarta y última gran intervención generacional fue la “juventud de los años sesenta y setenta”.
[6] Según Luis Aznar (1936: 9) “Alejandro Korn bregó incansablemente para que los estudiantes dieran a su movimiento un contenido que estaba más allá de los estatutos y de la modificación de los planes de estudio. Lo que fallaba era la universidad en si, como institución divorciada de la realidad social que la sustentaba”.
[7] Haya de LaTorre fue presidente de la Federación universitaria del Perú y fundador del APRA.
[8] El caso de Mariategui es emblemático de la exportación del modelo reformista a América latina. En su obra Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana el autor le dedica un apartado a la aplicación de los principios reformistas en la Universidad de Lima (Mariategui, 2005).
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