martes, 2 de junio de 2026

La gobernación de Eduardo Duhalde 1991- 1999

 El proyecto político que transformó la Provincia de Buenos Aires


Prólogo

Eduardo Duhalde,

febrero de 2026


Cuando llegó a mis manos el borrador de este libro, que habla sobre la gestión de gobierno en la provincia de Buenos Aires entre 1991 y 1999, escrito por Aritz Recalde, comencé a leerlo con máximo interés y con la intriga de constatar si esta larga investigación había logrado desentrañar todos y cada uno de los desafíos que -junto a mis diferentes equipos de ministros, colaboradores y asesores- tuvimos que enfrentar durante los ocho años que estuve al frente de la gobernación bonaerense.

Gobernar la provincia de Buenos Aires no es una actividad menor. Es conducir el corazón productivo y social de la Argentina, con sus grandezas y también con sus heridas más profundas. Durante los ocho años que me tocó estar al frente de ese desafío aprendí que no hay decisiones fáciles cuando se gobierna para millones de bonaerenses que esperan, con razón, respuestas concretas del Estado.

Pero ningún acto de gobierno puede comprenderse si se lo separa de los valores que lo orientan. A lo largo de mi vida política sostuve —y escribí en diferentes artículos y en mi libro “El Poder Moral”— que la ética y la moral no son conceptos abstractos ni simples consignas, son guías concretas para la acción pública. Gobernar implica ejercer poder, y el poder solo encuentra legitimidad cuando está al servicio de la comunidad y no de intereses sectoriales o personales.

Las comunidades organizadas, los clubes de barrio, las cooperativas, las parroquias, las asociaciones civiles fueron, durante aquellos años, protagonistas silenciosos de muchas de las políticas públicas que se impulsaron desde la provincia. Allí estaba la Argentina real, la que no siempre aparece en las estadísticas, pero sostiene el entramado social.

Quien recorra estas páginas advertirá que muchas decisiones de gobierno tuvieron como punto de partida esa convicción: fortalecer a las comunidades, reconstruir la confianza social y defender una concepción solidaria del Estado, aun en contextos adversos. Gobernar es elegir, y elegir implica asumir costos. Este libro no elude esa verdad y por eso resulta valioso: porque ayuda a comprender, más allá de las coyunturas, el sentido de un proyecto político.

Hay, además, un capítulo ineludible de aquellos años que marcó profundamente mi compromiso personal y político: la lucha contra el flagelo de la drogadependencia. No como un problema aislado, sino como una tragedia social que destruye familias, rompe comunidades y condena a miles de jóvenes a la exclusión. Esa preocupación me llevó a trabajar incansablemente, a promover políticas de prevención, recuperación y contención, y también a reflexionar y escribir incansablemente sobre el tema. Los libros que dediqué a esta problemática no fueron un ejercicio intelectual, sino una forma de alertar, comprometer y convocar a toda la sociedad.

 Este convencimiento me llevó a recibir a lo largo de mi vida varias condecoraciones:

1989. Orden de Boyacá en el grado de Gran Cruz Extraordinaria, otorgada por la República de Colombia por la entrega de tres aviones IA58 Pucará para ser utilizados en la lucha contra el narcotráfico al presidente Virgilio Barco Vargas.

1992. Distinguido por la Universidad de Génova, Italia, con el título de Doctor Honoris Causa, merced a la campaña a favor de la prevención de adicciones y la lucha contra el narcotráfico.

1996. Nombrado Profesor Honoris Causa del Instituto de Prevención de la Drogadependencia de la Universidad del Salvador, otorgándoseme una Maestría en Prevención de la Drogadicción.

1996. Destacado, también, como Profesor Honoris Causa 1996 por la Universidad de Deusto.

1999. Doctorado Honoris Causa de la Universidad Hebrea Argentina Bar-Ilan y de la Universidad del Salvador, por la tarea de prevención de las Adicciones.

 

Pero las distinciones recibidas no las tomo como un halago hacia mi persona sino como el reconocimiento a una causa que excede a cualquier individuo y requiere del esfuerzo de todos.

Agradezco al autor por este aporte a la memoria política bonaerense. Revisar el pasado con rigor, sin prejuicios y con sensibilidad social es una tarea necesaria para quienes creemos que la democracia se construye todos los días, aprendiendo de lo hecho y de lo que aún falta por hacer.

 

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  Introducción

El último caudillo bonaerense

La provincia de Buenos Aires como objeto de estudio

Este libro es el resultado de un conjunto de investigaciones sobre la provincia de Buenos Aires que realizamos en la Universidad Nacional de Lanús. Inicialmente, abordamos la gestión del gobernador Antonio Cafiero (1987-1991). Luego continuamos con la de Eduardo Duhalde (1991-1999) y finalmente con la del conservador Manuel Fresco (1936-1940).

En el presente trabajo reunimos los avances parciales de la investigación que fueron corregidos y aumentados para la edición. Además, sumamos varios apartados y nuevos datos.

La motivación que nos llevó a investigar y luego a escribir sobre la Provincia de Buenos Aires tiene varias justificaciones.

La primera, es que soy bonaerense y estoy reflexionando sobre la patria chica en la que me crie y que cobijó a mis padres y abuelos. Le debo mucho a mi tierra y es un ejercicio de gratitud contribuir a construir la comunidad que me vio nacer, crecer y que integro orgullosamente.

La segunda causa del por qué investigamos la provincia de Buenos Aires es por su inmensa importancia geográfica, demográfica, económica, política e histórica para la Argentina e Iberoamérica. Difícilmente un proyecto nacional será viable si no tiene anclaje político en la provincia. Menos aún es posible construir un programa autónomo de desarrollo sin una expresión bonaerense federal que sea capaz de impulsarlo o al menos de acompañarlo.

La tercera cuestión fundamental que nos mueve a estudiar el tema, es que los bonaerenses estamos sumergidos hace ya tiempo en una profunda crisis de identidad y de desarrollo. La provincia siendo rica económicamente tiene altos índices de pobreza y de marginalidad. Hace décadas que se está generando un creciente y alarmante aumento de la violencia interpersonal y otra ligada al crimen organizado. El narcotráfico es un factor de poder cada día más distorsivo de la convivencia social y de la estabilidad misma del gobierno. Podemos decir, sin dudarlo, que los bonaerenses somos protagonistas en industria, turismo, en producción agropecuaria, en innovación, en ciencia y en exportaciones. Además, picamos en punta en la generación de marginalidad social, de violencia, en nuestras carencias de infraestructura, en la incapacidad de planificación y en la falta de perspectiva de desarrollo de mediano y de largo plazo.

La cuarta cuestión a destacar y que se vincula a todas las anteriores es la inexistencia de investigaciones sobre la provincia, su historia y su cultura y más aún sobre las gestiones de los gobernadores.

No tenemos conciencia histórica, ni identidad y eso impide la posibilidad de formar una dirigencia consustanciada con la realidad profunda provincial. La inexistencia de una agenda de temas, de problemas, de prioridades y de perspectivas bonaerenses dificulta cualquier intento de diagramar e implementar un programa de desarrollo que sea capaz de canalizar las demandas y los anhelos de nuestro pueblo y de La Nación en su conjunto.

 

El último caudillo bonaerense

Duhalde es una figura política sumamente conocida en la Argentina.

Primero y tema del libro, su notoriedad pública es el resultado de que fue el gobernador de Buenos Aires.

Además, y cuestión fundamental, fue de los primeros –y de los pocos- dirigentes que, ocupando lugares de responsabilidad institucional, criticó públicamente el programa neoliberal de Carlos Menem y ofreció una alternativa de desarrollo. Poco a poco, su figura se convirtió en una referencia aglutinadora de los sectores que propusieron superar el programa económico de los años noventa.   

Asimismo, su histórico protagonismo en la gestión de la crisis del año 2002 lo puso en el centro de la historia argentina y cargó sobre su conducción política el destino de una Nación que parecía marchar a su disolución. 

Duhalde fue el dirigente que construyó las condiciones políticas para salir del modelo económico y social de la convertibilidad. También fue un protagonista de la instalación y de la continuación en el tiempo del programa productivo iniciado en el año 2002. El justicialismo bonaerense fue una herramienta central para derrotar a Carlos Saúl Menem en las urnas en el año 2003 y para diagramar un nuevo modelo de desarrollo. Ese poder llevó a Néstor Kirchner a la presidencia y le otorgó gobernabilidad en un país que estaba inmerso en una profunda crisis social, económica, cultural, emocional y de legitimidad política.

 

Su figura arrastra un halo de controversias cuestión que es habitual de aquellos que se dedican a la lucha política. Duhalde fue denostado por sus contendientes partidarios y también por sus aliados devenidos luego a adversarios.

Primero, lo enfrentaron los menemistas por su ruptura política y por la decisión del gobernador de salir de la convertibilidad para implementar un proyecto productivo. Los grupos de poder foráneo y los devotos del neoliberalismo dentro y fuera del Justicialismo, no le perdonarán nunca la ruptura con el modelo financiero de los años noventa y tampoco su oposición desde el MERCOSUR al Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA).

A partir del año 2005 su figura fue el centro de las críticas de los líderes del kirchnerismo a los que encumbró en el poder y que luego lo enfrentaron arduamente. Mientras Duhalde estaba abocado a la fundación de la Comunidad Sudamericana de Naciones, su antes aliados exacerbaron la crítica y caracterizaron a la disputa con el ex gobernador bonaerense, directamente, como la “madre de todas las batallas”.

No nos interesa debatir en este libro las controversias mencionadas que son propias de los dirigentes y de la lucha por el poder. En su lugar, nos vamos a ocupar de sus gestiones concretas, de sus logros y de las dificultades encontradas siendo intendente en Lomas de Zamora y gobernador bonaerense.

Sobre ambas experiencias Duhalde construyó su proyecto político y es bueno destacar que el pueblo de la provincia lo apoyó activamente en las urnas, siendo una figura sumamente popular en los años noventa donde obtuvo contundentes resultados electorales. Es importante subrayar que más allá de las leyendas difundidas desde el periodismo, actualmente la militancia partidaria y social de la provincia y de su Lomas de Zamora natal lo sigue recordando como una figura honesta que transformó la realidad de los más humildes.

Nuestra investigación analiza la gestión del gobernador entre los años 1991 y 1999. Este periodo es fundamental en su trayectoria dirigencial, ya que sus logros en el gobierno explican su notoriedad y el alto consenso que alcanzó entre los bonaerenses que vieron en el mandatario una polea de transmisión para la resolución de sus demandas, muchas de ellas postergadas por décadas.

Innegablemente y conjuntamente a la gestión, su legitimidad y su poder están relacionados al sistema de organización del justicialismo bonaerense, de los intendentes y de los grupos territoriales que Duhalde construyó. Estos temas ya fueron analizados y comentados en otros trabajos académicos y periodísticos y es por eso que no creemos necesario profundizarlos en nuestro libro que estará centrado en la gestión concreta de gobierno.

 

Su figura es importante para conocer la historia, el presente y el destino de la política, la cultura y de la sociedad provincial. Decimos en el título de la Introducción que Eduardo Duhalde fue el “último caudillo bonaerense” por varias cuestiones.

La primera, es por su origen y por su proyecto político que siempre estuvo ligado al destino bonaerense. La trasformación de la provincia fue el centro permanente de sus inquietudes y de su militancia. Con esta finalidad, el mandatario construyó, dio identidad y condujo a un Justicialismo bonaerense al que convirtió en una herramienta poderosa de gestión institucional.

Gracias a su eficiente estructura de toma de decisiones, a su capacidad de forjar consensos políticos con la oposición y por la vocación de cambio profesada, su gobernación fue sumamente transformadora. Realizó modificaciones estructurales como pocos gobernadores en la historia del siglo pasado y reformó la Constitución e impulsó la última gran estrategia de regionalización y de creación de nuevas municipalidades. En un contexto de crisis intervino drásticamente y reformó la policía y aprobó un nuevo Sistema provincial de seguridad pública. Durante su gestión reformó el Código Procesal Penal, creó el Consejo de la Magistratura y el Ministerio Publico Fiscal. La obra pública de la etapa fue contundente y retrotrae a la época de Manuel fresco y durante la gobernación de Duhalde se construyeron hospitales,  escuelas, cárceles, se canalizó la provincia para terminar con las inundaciones y se modernizaron las rutas, calles, espacios públicos, clubes y accesos en todo el territorio, incluyendo programas especiales para el conurbano. Un tema a destacar de la gobernación fue la política social de cuidado de las embarazadas y de los bebes, la de tierra y vivienda y la de deporte, entre otras intervenciones que describimos en detalle en el libro.

Decimos que es el “último caudillo” ya que fue el gran organizador y conductor de una poderosa fuerza partidaria provincial, de identidad bonaerense y con proyección federal. Construyó un actor político propio y fue siempre sumamente celoso de la injerencia externa en el distrito. Tal cual sostiene Carlos Pagni en su libro sobre el conurbano bonaerense y a diferencia de lo que ocurrirá a su salida de la gestión bonaerense, no permitió la intrusión del entonces presidente Menem en la provincia. Duhalde siempre armó las listas bonaerenses de las legislaturas provinciales y nacionales entregando meramente dos lugares al Ejecutivo Federal que fueron ocupados por personajes sin peso y sin capacidad de decisión (Pagni 2023: 502).

Será este poder político justicialista bonaerense de intendentes, de redes de militancia y de funcionarios un actor fundamental del gabinete del año 2002 que garantizó la gobernabilidad en plena crisis, que condujo la transición económica y social, que enfrentó al menemismo en 2003 y que empezó a sacar al país del traumático momento histórico. 

Desde su corrimiento de la gobernación la provincia viene reproduciendo otra lógica en el ejercicio del poder.

Por un lado, se profundizó la incursión de los políticos provenientes de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires que ocupan encumbrados cargos, desplazando la capacidad de decisión de la dirigencia provincial y de los intendentes. Por ejemplo, la entonces electa senadora por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Graciela Fernández Meijide, en la elección del año 1997 encabezó la lista de Diputados Nacionales bonaerenses iniciando esta modalidad que luego será habitual desde Carlos Rouckauf en adelante.

A partir del año 2005 se inició la etapa de los “gobernadores interventores” del poder Ejecutivo Nacional. En este sistema, la implementación de la política social y de la obra pública y paulatinamente la capacidad de decisión y de conducción del gobierno distrital, pasó del gobernador electo al presidente de La Nación, que por intermedio de sus ministros, secretarios y armadores entabló relaciones directas con los municipios y las organizaciones territoriales. En dicho esquema de poder se instaló la práctica de que las listas legislativas y la distribución de lugares en el Poder Ejecutivo son diagramadas por dirigentes externos a la provincia.

Sin ánimo de emitir juicios de valor, no se puede negar que la experiencia de los “gobernadores interventores” electos tuvo seguramente logros y también deficiencias y buenos y malos administradores.

Lo que ocurrió fue que Buenos Aires se volvió más un medio político para llegar a las legislaturas o la presidencia de La Nación, que un proyecto provincial a desarrollar y a fortalecer. Para el Ejecutivo federal demográfica y electoralmente es el territorio estratégico a conquistar. Políticamente, es el distrito potencialmente peligroso a controlar y a desarticular por el peso relativo de los intendentes y demás factores de poder.  

Como resultado de este proceso, en las campañas electorales se debaten más las internas de los candidatos nacionales que las demandas no resueltas de los bonaerenses.

Con estas estrategias de armado de poder el Justicialismo bonaerense fue herido de muerte y perdió entidad política. La dirigencia se debilitó conjuntamente a que disminuyó su poder para tomar decisiones de gobierno. En este marco, no son pocos los mandatarios que se dedican más a administrar el caos y el subdesarrollo en el corto plazo, que a transformar los problemas estratégicos provinciales. Poco a poco, se diluyó la capacidad bonaerense de incidencia en el debate federal y disminuyó su proyección nacional.

Como derivado de este vacío de poder provincial propio, es que se profundizan año a año los problemas estructurales en temas de infraestructura, competitividad económica, planeamiento urbano y rural, transporte, educación, seguridad, ciencia y salud por citar algunas agendas.

Hace tiempo que no se debate un Modelo Bonaerense y un Proyecto Provincial de Desarrollo de mediano y de largo plazo.

Tal impostergable tarea debería comprometer a todo el espectro partidario y social.

Esperemos que el libro contribuya a dar el debate.

 

Finalmente, quiero destacar que el libro fue formulado en el marco de la Universidad Nacional de Lanús a la que Eduardo Duhalde contribuyó a crear con el impulso a su fundación y luego forjando los consensos políticos para el tratamiento y la aprobación legislativa en el año 1995.

 

La estructura del libro

El libro tiene dos grandes ejes.

El primero de ellos se organiza a partir de los capítulos I y II que recorren el ideario y la doctrina política del gobernador a partir del cual actuó. Analizamos, brevemente, la trayectoria que lo llevó el poder de la gobernación.    

El segundo eje se inicia con el capítulo III y contiene el centro de nuestro libro que está referido a un recorte de las principales políticas de Estado implementadas en los ocho años de gestión que van del año 1991 a 1999.

La Parte primera estudió la política económica que refleja la decisión del gobernador de no abandonar la intervención estatal en un contexto nacional y regional privatista y desregulador. Se incluyeron apartados sobre Fondo de Financiamiento de Programas Sociales en el Conurbano Bonaerense, acerca de los históricos programas de obras públicas y sobre las iniciativas de Regionalización productiva.

La Parte segunda se refiere a las principales Reformas Institucionales de la etapa que dan cuenta del importante poder, capacidad de consenso y de transformación que adquirió Duhalde. Entre ellas se describe la Emergencia administrativa de una provincia que había padecido en los años ochenta las crisis de la hiperinflación y el consecuente estancamiento económico. El libro describe la histórica reforma de la Constitución de la Provincia de Buenos Aires del año 1994, que modificó la Carta Magna incluyendo un importante número de propuestas destacándose un innovador conjunto de garantías y derechos sociales. En el apartado se analizó la última iniciativa efectiva provincial de reorganización territorial a la que se denominó Proyecto Génesis 2000 y que auspició la creación de nuevas municipalidades.

La Parte tercera del libro estudia las políticas sociales. Entre ellas, describe el Plan Vida, las políticas de tierra y vivienda, las de adicciones, el Programa Infantil Bonaerense Educativo Solidario, los Torneos Juveniles Bonaerenses y los proyectos de Salud.

La Parte cuarta describe la agenda cultural y educativa en una etapa de transformación profunda de la organización escolar en todos los niveles.

La Parte quinta y última del libro analizó las Políticas Seguridad y de Justicia que incluyeron una intervención radical de la policía y la reorganización del sistema y sus leyes que designan autoridades y que definen circuitos de nombramiento de magistrados.


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miércoles, 25 de marzo de 2026

10 claves sobre la dictadura del año 1976

Aritz Recalde, marzo 2026


 

Primera. La dictadura de 1976 fue una respuesta de las CLASES DOMINANTES LOCALES Y TRASNACIONALES (y los partidos civiles aliados) al 17 de octubre de 1945.

Los civiles y militares que asaltaron el poder en 1976 se propusieron revertir los logros de la Revolución Justicialista. Con este fin concentraron, desindustrializaron y desnacionalizaron la economía y eliminaron los derechos sociales y políticos de la clase obrera que habían sido consagrados desde los años cuarenta.

Segunda. La VIOLENCIA DE 1976 FUE LA CONTINUIDAD DE LA REPRESIÓN CONTRA EL MOVIMIENTO NACIONALISTA Y POPULAR realizada con los atentados de 1953, el golpe y el bombardeo de 1955 y con los fusilamientos de 1956.

Previo al año 1976, el primer mártir del largo proceso represivo cometido contra la Revolución Justicialista fue Darwin Passaponti. El atentado terrorista más terrible de toda la historia del país desde que se tenga memoria, fue el bombardeo de la población civil de Buenos Aires del mes de junio de 1955.

Para reprimir al peronismo en 1955 se aplicaron métodos de violencia paraestatal con el accionar de los comandos civiles, que eran organizaciones ligadas estrechamente a los militares golpistas. Estos métodos eran continuadores de la violencia política implementada por los conservadores y por los radicales de las décadas del 20 y del 30. Dichas acciones y medios implementados contra el gobierno constitucional, fueron antecedentes importantes de la violencia de los años setenta, tanto de izquierda, como de derecha.

Tercera. LOS PARTIDOS DE LA CONCERTACIÓN AUTODENOMINADA LIBERTADORA 1955-66 generaron las condiciones de posibilidad de las dictaduras de 1966 y de 1976. Dichos civiles lo hicieron a partir del uso de la fuerza para impedir que la mayoría popular gobierne, siendo el Justicialismo proscripto y perseguido por casi dos décadas. A éste último, le seguirían en el año 1966 los demás partidos a los cuales se les aplicó su propia ilegal e ilegítima concepción política promovida desde 1955.

Además, esta actitud represiva fue proclive al surgimiento de la guerrilla y de los atentados, en un sistema político que no canalizó democráticamente las demandas sociales y populares y que en su lugar se propuso suprimirlas.

Cuarta. El CONTEXTO GEOPOLÍTICO DE LOS AÑOS SESENTA Y SETENTA DIFICULTÓ LA CONSOLIDACIÓN DE UN PROYECTO NACIONAL SOBERANO Y DEBILITÓ LAS INSTITUCIONES.

Los dos polos antagónicos en pugna (izquierda comunista y derecha liberal capitalista), promovieron la guerra fría, las doctrinas de seguridad nacional, el Plan Cóndor y las concepciones de guerra popular prolongada, entre otras ideologías contrarias al sistema democrático que llevo al pueblo al poder en 1946. Financiaron a la guerrilla y a diversas instituciones culturales que entablaron una batalla psicológica permanente contra los movimientos políticos nacionalistas y populares.

Quinto. SECTORES DE TODOS LOS PARTIDOS FUERON COMPRENDIENDO ESTE DRAMA, SIN POR ELLO PODER FRENEAR LA GUERRA CIVIL LARVADA QUE ESTABA CRECIENDO EN LA ARGENTINA. Inicialmente, Arturo Frondizi y luego Ricardo Balbín con la Hora del Pueblo, buscaron la unidad nacional con los dirigentes anteriormente depuestos. Lo mismo haría Solano Lima y otros políticos conservadores, solamente por citar algunos casos.

Perón desde el exilio actualizó su concepción y sostuvo, sin dudar, que para un “argentino no hay nada mejor que otro argentino”. Su doctrina para la unidad nacional quedó redactada en el Modelo Argentino Para el Proyecto Nacional.

Algunos empresarios empezaron a comprender el drama del país y revisaron sus posicionamientos y acompañaron el Pacto Social en el año 1973.

Lamentablemente, eran una minoría y los poderosos intereses locales y externos bloquearon la necesaria paz social y la posible reconciliación nacional. En su lugar, alimentaron la terrible violencia que azotó al país en los años setenta, tanto en dictadura, como en democracia.

Sexto. AL GOBIERNO DE UNIDAD Y RECONCILIACIÓN NACIONAL ENTRANTE EN 1973 LO COMBATIERON ARDUAMENTE HASTA QUE LO EXPULSARON DEL PODER EN 1976.

Héctor Cámpora, Perón y luego Isabel Martínez padecieron un sinfín de acciones armadas, saboteos patronales y operaciones de inteligencia en un país que había sido sumergido durante 18 años en un espiral de violencia y de enfrentamientos ideológicos.

Las bombas, secuestros y atentados en un contexto de gobierno democrático, generaron un dramático derramamiento de sangre entre argentinos. Si le cabe una responsabilidad al gobierno justicialista –víctima y no victimario como se lo culpa desde la izquierda y el liberalismo- fue no poder detener ese terrible drama. El gobierno no organizaba y menos aún manejaba la violencia de izquierda (llámense marxista o autodenomínese peronista) y de la derecha (autodenomínese peronista o llámese liberal anticomunista). Muchas de esas expresiones fueron financiadas y entrenadas en el extranjero y varias se integraron luego a la dictadura de 1976.

En realidad y para ser objetivos, ningún gobierno pudo detener el espiral de violencia iniciado en 1955. Perón no fue la excepción al fracaso nacional.

Al problema político, se le sumó el económico en un mundo atravesado por la suba de la energía. Esa inflación importada hizo crujir el Pacto Social y los acuerdos de precios.  

Séptimo. POLÍTICAMENTE HABLANDO, LA PRINCIPAL Y PRIMERA VÍCTIMA DE LA DICTADURA FUE EL PERONISMO AL CUAL DERROCARON COMO LO HABÍAN HECHO EN 1955. La presidenta Isabel Martínez fue detenida, torturada y exiliada y sus dirigentes obreros, gremiales, sociales, culturales y partidarios encarcelados y muchos asesinados. Luego, le siguió la brutal persecución del conjunto de dirigentes, allegados y simpatizantes de un amplio espectro de doctrinas políticas.  

EN TÉRMINOS DEL DESARROLLO, Argentina fue demolida en sus cimientos, perdimos empresas y competitividad y la patria fue endeudada a partir de un siniestro engranaje financiero que hoy seguimos padeciendo.

En el ASPECTO SOCIAL, dejamos de ser de los pueblos con mejor nivel de vida del continente, para sumergir en la pobreza y la marginalidad estructural a millones de compatriotas. 

Octavo. LA DICTADURA CAYÓ POR VARIAS CAUSAS.

La primera causa, es porque cumplió sus objetivos y debilitó o directamente destruyó los partidos políticos, las empresas y los sectores nacionales y desarrollistas de la Argentina.  Los objetivos personales de muchos militares no se alcanzaron y varios terminaron presos. Por el contrario, el proceso cívico militar fue exitoso en sus intereses históricos iniciados en 1955. La dictadura también cumplió las metas geopolíticas y nuestro país fue convertirlo en una semicolonia controlada por un conjunto de potencias occidentales.

Cumplida su tarea, para el poder trasnacional y local que la impulsaron la dictadura argentina ya podía ser remplazada por una democracia débil y tutelada, cosa que efectivamente ocurrió.

La segunda causa, fue la resistencia sindical y obrera que protagonizó un sinfín de medidas de fuerza  y que puso por eso la gran mayoría de los muertos.

La tercera razón de la salida de los militares fue la militancia de los organismos de derechos humanos, que le dieron visibilidad local e internacional al drama.

La cuarta causa que contribuyó a la caída de la dictadura surgió como resultado de su programa económico que debilitó la producción local y que erosionó las condiciones de vida de la gente.

La quinta fue la articulación político sindical, que empezó a encontrar mayores espacios de actuación tras la derrota de la Guerra de Malvinas y de la profundización de la recesión económica.

Todas estas causas y de otras tantas más, ayudan a entender la transición democrática y la entrega de poder militar a los civiles.

Novena. LA DEMOCRACIA INICIADA EN 1983 FUE INCAPAZ DE ALCANZAR EL DESARROLLO INTEGRAL DE LA NACIÓN QUE ENTRE LOS AÑOS CINCUENTA Y SETENTA PROPONÍAN PERÓN, FRONDIZI, YLLIA Y DISTINTOS DIRIGENTES DE IZQUIERDA Y CONSERVADORES. Entre estos dirigentes había diferencias. Pero existieron además, un sinfín de coincidencias que no se superior valorar lo suficiente en su tiempo.

Desde el año 1983 Alfonsín tuvo el coraje de juzgar a los militares y a algunos civiles de la guerrilla. Luego se vio obligado a ceder en parte, cuestión que se tiene que interpretar en el contexto del hombre y de sus circunstancias. Menem reprimió con dureza los últimos levantamientos armados. Fue un acierto de ambos dirigentes y partidos y un logro para la democracia.

Por el contrario, el balance social, cultural y económico de las cuatro últimas décadas es negativo y la pobreza, la marginalidad y el subdesarrollo son muy superiores a los heredados en 1983. No es objetivo culpar a la dictadura de todos los males argentinos actuales. La siniestra asonada castrense condicionó a la democracia, eso es innegable. Condicionó, pero no determinó su futuro y del actual fracaso se tienen que hacer cargo quienes gobernaron cuarenta años con paupérrimos resultados para la vida de la mayoría popular.

Decimo. PARA SUPERAR EL PROYECTO DE LA DICTADURA ES NECESARIA LA UNIDAD NACIONAL.

Muchas de las interpretaciones actuales sobre la dictadura reproducen las internas políticas y los odios de los años setenta y no son objetivas, sino más bien son lecturas interesadas.

Las nuevas generaciones necesitan conocer la verdad y esto no será posible si los partidos y grupos políticos no asumen la parte que les corresponde en el drama al que se sumergió al país. La dictadura no fue un hecho aislado, ni meramente el resultante de un grupo de locos sueltos, sino un proceso siniestro planificado a nivel regional de mediano y de largo plazo.

Además, la dictadura fue la consecuencia de un sinfín de desventuras, de incomprensiones, de enfrentamientos absurdos y de fracasos de las dirigencias políticas, económicas y sociales argentinas. Los hechos transcurridos entre 1955 y 1973 impidieron el ejercicio de la soberanía popular, exacerbaron el descreimiento sobre la democracia e instalaron un método violento para dirimir diferendos. El gobierno que ingresó 1973  tenía la legitimidad más alta de la historia y tampoco lo dejaron gobernar diversos grupos de civiles y de militares. Esto derivó en un sentimiento creciente de frustración en un sector de la sociedad, que descreyó de las urnas y que se convenció de que el único medio para frenar el caos era el Golpe Militar.  

Desde la rama política, Frondizi, Solano Lima o Balbín abrieron un camino de dialogo y de consensos que derivó en la apertura electoral de 1973. Alfonsín a la vuelta de la democracia se reunió con la derrocada Isabel Perón. Cafiero se abrazó a Alfonsín para enfrentar a los golpistas de izquierda y de derecha.

Lamentablemente, estos cruces no derivaron en acuerdos programáticos para el desarrollo. Tampoco este proceso de dialogo permitió un balance realista del conflicto abierto con la aparición de las masas populares en la arena política en 1945.

En su lugar, se construyeron relatos simplistas de héroes y de villanos, de buenos y de malos. La falta de veracidad histórica y la carencia de acuerdos nacionales sobre lo ocurrido es uno de los inconvenientes fundamentales que nos heredó la dictadura. Esto permite que los militares y los civiles que enfrentaron al gobierno democrático y que lo derrocaron en 1955 y en 1976  lo culpen de la violencia que ellos le aplicaron al pueblo que había votado al peronismo. No son pocos los periodistas y dirigentes que en la actualidad están muy lejos de la autocrítica que en su momento pudieron hacer Frondizi o Balbín y que hoy siguen justificando la lucha armada y el accionar contra la democracia iniciada en el año 1973. No asumen que el proyecto de la dictadura de 1976 pudo  justificarse frente a un sector de la sociedad, por ser el resultado de un largo proceso histórico de discordias, de desventuras y de dramas internos.

El resultado de la desviación historiográfica hace que la víctima se convierta en victimario. El último proyecto nacional justicialista se desdibuja y a los argentinos no les queda otro modelo de país que el del subdesarrollo en el que malvivimos.

Posiblemente, fue Antonio Cafiero uno de los más lúcidos analistas del proceso histórico de 1973 a 1976, de sus orígenes y de sus derivaciones para el peronismo y para la Argentina en su conjunto. En los años setenta el dirigente bregó por la firma de la Hora de Pueblo, de las Coincidencias Programáticas de los Partidos Políticos y por el Pacto Social que tenían como finalidad  terminar con la lucha entre argentinos. Desde 1973 cuestionó públicamente a la guerrilla (de izquierda y de derecha) y criticó los saboteos económicos contra la democracia. Fue encarcelado por los militares de 1976. Posteriormente, integró el brazo político que militó activamente la apertura democrática. Desde 1983 mantuvo los mismos valores y se reunió con Alfonsín para cuestionar a la guerrilla del MTP y la actitud golpista de los Carapintadas.

Antonio Cafiero defendió la democracia política, social y popular en 1973. Hizo lo mismo en el año 1983 sin levantar banderas partidistas y sin interpretaciones sesgadas de las acciones contrarias ejecutadas contra el orden constitucional.

Ese es el mensaje que tenemos que dar a las nuevas generaciones. Memoria, para la reconciliación. Verdad, para ser libres y dueños de nuestros actos. Justicia como bandera, para reconstruir a una Nación hoy de rodillas y para terminar con la humillación social del pueblo argentino. 

Luego de tantos desencuentros y fracasos, es momento de forjar la Unidad Nacional para el Desarrollo Soberano y la Paz social de todos los argentinos.  

martes, 5 de agosto de 2025

Desarrollo nacional o desintegración

 Aritz Recalde, julio 2025 


 

Ser o no ser Nación, esa es la cuestión

El tiempo actual nos enfrenta a todos los argentinos a un dilema crucial: o avanzamos en la formulación y en la ejecución de un nuevo proyecto de desarrollo nacional o sumergimos definitivamente al país en la degradante condición de semicolonia que estamos transitando. Como nunca antes en la historia argentina, corremos el riesgo cierto y posible de dejar de ser una Nación soberana, para conformarnos, definitivamente, como un mercado desigual y un Estado dependiente con un pueblo pobre y humillado.

De no revertir el proceso de decadencia política, cultural y social iniciado vertiginosamente desde la muerte de Juan Domingo Perón, la República Argentina se convertirá:

- en un país sin industria y sin tecnología cuyo rol en el mundo es el de ser un mercado para la ubicación de excedentes comerciales de las potencias, un reservorio de materias primas y un casino financiero;

- en la sede de un pueblo mayoritariamente empobrecido y marginalizado, informal en lo laboral e institucional y atravesado por una violenta y cruel lucha entre hermanos;   

- en una comunidad sin identidad nacional, sin valores propios, emocionalmente inestable y que oficiará como laboratorio ideológico tendiente a que nos impongan las cosmovisión de las potencias y corporaciones extranjeras.

 

Un país que no controla su economía, que no tiene identidad y que no logra el bienestar social de su pueblo, no puede ser considerado una Nación soberana, sino más bien una semicolonia que designa a una clase política que maneja el gobierno pero que no controla el poder y menos aún puede intervenir en la construcción del destino de la comunidad.  

 

Es momento de forjar una amplia unidad nacional de todos los argentinos honestos que trabajan

La unidad nacional

La dispersión partidaria entre las provincias y la falta de consensos básicos para la organización nacional entre la dirigencia es alarmante.  El drama actual del país no lo puede resolver ningún partido político en soledad, ningún sector social y menos aún alguna corriente de pensamiento en particular.

Tenemos que tener en claro que las viejas ideologías no permiten la identificación de los problemas y menos aún de las soluciones nacionales que requiere el presente. Las ideologías occidentales “derecha, izquierda, progresismo y liberalismo” no permiten comprender en profundidad lo qué ocurre en nuestros países. Lo mismo sucede con las identidades locales “peronismo, radicalismo y socialismo” y sus derivaciones “alfonsinismo, macrismo y cristinismo” que suelen estar vacías de norte programático real, que tienen delegados en expresiones políticas enfrentadas o que en su defecto son nichos de representación sectoriales.

Para construir una herramienta de transformación y no meramente un expresión de poder testimonial o de minorías, hay que superar los marcos de pensamiento importado, las ideologías de la grieta y de la facción que las elites partidarias y sus medios de comunicación difunden para exacerbar el odio de la masa buscando obtener beneficios sectoriales.

En la terrible etapa actual de la Argentina, debemos tener en claro que existe una sola clase de hombres: los que trabajan y los que producen honestamente contribuyendo en la mejora del país. Cada uno de ellos tiene su religión y su cultura, su identidad e historia partidaria que tienen que ser valoradas y respetadas. La tarea de la dirigencia política es la de movilizarlos en una unidad de destino y no la de dividirlos para ganar una elección.

En la reconstrucción nacional no puede quedar afuera un solo argentino honesto que tenga vocación de esfuerzo y de trabajo. La línea divisoria es desarrollo o dependencia, producción o especulación. El único adversario a derrotar son las corporaciones y agentes que atentan contra nuestra soberanía, vulnerando los derechos del pueblo.   

Debemos contribuir a forjar acuerdos básicos para la reconstrucción y promover una nueva identidad política movilizadora sin falsas grietas y que contenga la diversidad de sectores y de tradiciones partidarias y culturales.


Este país va a salir adelante trabajando

Tenemos que tener claro que una Nación es una unidad de trabajo y de producción. Necesitamos un programa político nacionalista para defender la empresa y el trabajo argentino y sudamericano. Gobernar fue y sigue siendo generar trabajo.

El trabajo es el gran ordenador social y todos los argentinos capaces tienen que producir, al menos, lo que consumen ellos y sus familias. Los subsidios de desempleo y los paliativos sociales tienen que ser temporales ya que su perpetuación en el tiempo humilla y brutaliza a la persona que no aporta nada a su comunidad y que no se realiza. Además, el subsidio eterno ofende a la comunidad que hace el esfuerzo para mantenerlo.

Tenemos que revertir el proceso de las últimas décadas en la Argentina en el que se destruyeron empresas y se extranjerizaron otras, se concentraron ramas de actividad y se quitaron incentivos a la producción priorizando una cultura rentística y financiera.

En este contexto, un sector importante de nuestro pueblo perdió la cultura del trabajo, del esfuerzo y del mérito. Por si ya no fuera poco, en la Argentina se puede ser pobre trabajando formalmente y habiendo adquirido alta calificación. La reconstrucción de la posibilidad de ascenso social en base al trabajo y al estudio es una causa nacional.

 

Los únicos privilegiados tienen que ser los pibes

La extrema desigualdad social existente exacerba los odios y los resentimientos. Para peor, la educación, la salud y la seguridad pública hoy no igualan las posibilidades entre los jóvenes, sino que mantienen e incluso aumentan las diferencias. En la Argentina semicolonial del presente serás lo que podes pagar y no lo que tu capacidad y esfuerzo te permitan desenvolver.

Esta realidad es demoledora y destruye talentos y capacidades y corroe la unidad de destino entre las nuevas generaciones. Los pibes de clase media piensan en irse del país y viven un exilio emocional con su patria. Muchos pibes de clase baja han perdido el valor de la vida y matan y mueren en robos o como parte de los soldaditos del tráfico ilegal de estupefacientes.

El consumo o de droga entre los jóvenes es dramático. Se vende y se envenena a plena luz del día a generaciones, frente a la complicidad y el silencio de la política.

En la Argentina los únicos privilegiados tienen que ser las embarazadas, los bebes, los niños y jóvenes. Este planteo tiene que ser plataforma electoral e imperativo moral de la dirigencia política y de la comunidad en su conjunto. 

 

Volver a los temas nacionales

Hace tiempo que la clase política naufraga con agendas inconducentes de minorías y de modas extranjeras. Poco y nada contribuyeron al desarrollo argentino y menos aún permitieron elevar la calidad de vida popular en un país que en cuatro décadas de democracia aumentó la marginalidad y la desigualdad. Si la dirigencia partidaria no vuelve a la realidad se va a tener que buscar otro trabajo, ya que un sector importante del electorado les marcó el boleto. 

Tenemos que retomar los valores y la gesta educativa del liberalismo del siglo XIX. El liberalismo refundó la educación creada en la época hispánica por la iglesia Católica. La enseñanza pública primaria se orientó a enseñar a leer y a escribir y a dar pautas de civilidad y de disciplina para el trabajo. La escuela impuso una cultura nacional a la gran masa del pueblo criollo e inmigrante. El nivel secundario y universitario se orientó a formación de las elites. La Escuela Normal fue un instrumento fundamental para la formación de maestros y para la perpetuación en el tiempo del sistema. Todo eso se rompió y hace décadas que la escuela pública y la cultura argentina están en profunda decadencia y que profundizan la estratificación social y cultural de los pibes que ingresan.

Además de la educación, la elite liberal organizó una institución militar que integró la nación en el plano territorial, institucional y político. Asimismo y con la Ley Riccheri, los militares cumplieron tareas educativas, sanitarias y sociales. La elite militar fue fundamental en la formulación, la instrumentación y en la estabilidad de los tres grandes Proyectos Nacionales, el liberal con Julio Roca, el desarrollista con Agustín Justo y el Nacional popular con Juan Domingo Perón. La terrible dictadura de 1976 distanció radicalmente el mundo militar del desarrollo y desde esa época se quedaron sin agenda y sin promotores los temas de la planificación industrial, del interés nacional, de la soberanía, de la geopolítica y de la logística, entre otros. Hace tiempo que la política se volvió administración de la dependencia.   

Debemos recuperar el ideario del programa desarrollista que hizo de la intervención estatal y de la obra pública un instrumento de crecimiento e integración de La Nación y un medio de ascenso social del pueblo. En los años treinta Agustín Justo creó la Dirección Nacional de Vialidad, dinamizó la industria militar y potenció la inversión en el área de energía. El país se modernizó y se integró con el plan vial y con la inversión ferroviaria. La economía se reactivó y se hizo más competitiva con esta inyección de capital y de trabajo. Bajó paulatinamente el desempleo y se incluyó al obrero al mercado de consumo. El 17 de octubre de 1945 se movilizaron los trabajadores industriales de una economía reactivada por la inversión gubernamental de los años treinta y no fue la mano libre del mercado quién lo permitió. La experiencia de los años treinta fue central para moldear la inversión en infraestructura y logística de los gobiernos industrialistas posteriores de Juan Domingo Perón y de Arturo Frondizi.   

Tenemos que trabajar para forjar nuestra personalidad nacional y ejercerla en el sistema mundo. El interés nacional y regional y la defensa de la personalidad humana integral deben guiar la política exterior. El país tiene una historia notable en este sentido y protagonizó grandes actos de defensa de la soberanía cuando Juan Manuel de Rosas enfrentó a la prepotencia militar francesa e inglesa, cuando Hipólito Yrigoyen sostuvo el neutralismo en la primera Guerra Mundial, con la doctrina de Luis M. Drago y con Saavedra Lamas que hizo de nuestra diplomacia un medio de paz, solamente por citar algunos ejemplos.

 

Del Estado caja de la política a instrumento de realización nacional

La política y la gestión del Estado tienen que ejecutarse en base a la épica de bien común, de la honestidad, la transparencia y del patriotismo. El Estado no es un instrumento de casta, de facción o de orga, sino un medio político de realización nacional y de desenvolvimiento de la personalidad integral de la comunidad.

Tienen que llegar los mejores y más formados técnicos y ejecutores al gobierno. Los cargos deben dignificar la función para los que fueron creados y no ser un mero recurso de beneficio personal o partidaria. En el proceso de transformación de la Argentina que demanda la hora, no puede haber lugar para los lobistas de facción, para los mercaderes de lo público y menos aún para los inmorales y ladrones.

Gestionar el Estado es resolver los problemas del pueblo, de la patria y de La Nación. Si el gobierno se convierte en una caja sectorial de clase o de facción, el Estado pierde eficacia y poco a poco también legitimidad. Eso hoy es evidente y el Gobierno Nacional tiene margen de acción para destruir el Estado por el hecho de que muchas instituciones básicas no funcionan hace tiempo. Nadie defiende lo que no conoce y menos aún lo que no funciona.

No es del todo acertado que el pueblo argentino en la actualidad se haya convertido a la ideología de “derecha” o que sea “insensible” al desmantelamiento de programas sociales. La indiferencia frente a muchas  políticas por parte de la gente no es una postura partidaria e ideológica, sino más bien una indignación lógica del pueblo frente al fracaso dirigencial para consolidar una política de Estado. Para las clases medias bajas y buena parte de los trabajadores formales, la educación, la salud y la seguridad pública no funcionan y sus miembros se ven obligados a financiarse los servicios con un esfuerzo sumamente grande. La vida de los sectores bajos, informales y marginales es indigna y malviven y la consigna del “Estado presente” no puede ocultar la decadencia de las condiciones de existencia y la falta total de perspectiva de mejora de millones de compatriotas. Para las clases medias altas que no usan los servicios públicos, se percibe que el Estado les confisca el salario con un impuesto que te iguala para abajo en la pobreza y que, paradójicamente, llaman a las “ganancias”. Los sectores productivos no ven las retenciones a las exportaciones y otros impuestos en la construcción de nuevas rutas, puertos, ferrocarriles para mejorar la competitividad y ni siquiera actualmente tampoco en subsidios a la energía.

De acá surge la poca empatía de una parte de la población con el Estado y no de la ideología incomprensible del bla bla de la Escuela Austriaca que difunde el Presidente. Para poder discutir con el ideario de Milei hay que gestionar correcta y estratégicamente al Estado. Poco sirve perder el tiempo con consignas vacías que ya nadie se toma muy en serio o que al menos no se las cree a la hora de votar.

Se tienen que reconstruir los pilares básicos de la legitimidad gubernamental como prestador de infraestructura, educación, salud, justicia y seguridad. Lejos del planteo progresista, hay que tener la certeza de que la seguridad no es de derecha, ni de izquierda, sino que es un tema sumamente popular. El aumento del crimen organizado destruye la comunidad y la dinámica reciente pone en jaque la soberanía al cuestionar el monopolio de la fuerza del Estado. Hay que asumir la existencia de una crisis de la educación pública y abandonar el consignismo de campaña y la impostura de los funcionarios. Lo mismo ocurre con la salud, con la infraestructura y con servicios públicos en pésimo estado, sean de gestión privada o Estatal.


Los valores del hombre argentino

Es fundamental reconstruir los valores del hombre argentino y los de su dirigencia. La comunidad está desorganizada y una de sus causas es la perdida de los valores de justicia, de solidaridad social, de bien común y de patriotismo. Hasta el valor mismo de la vida está hoy cuestionado en un país con 70% de pobreza infantil, con embarazadas malviviendo sin futuro y con barrios en donde los pibes matan y mueren en la marginalidad y bajo el accionar impune del narcotráfico.

Hay una crisis moral en la comunidad y el problema es más acuciante entre parte de la dirigencia que lejos está de comportarse con ejemplaridad. El relativismo y el pragmatismo de negocios de la clase política de las últimas cuatro décadas, destruyó la representación partidaria y vació de legitimidad al sistema político e institucional llevándolo a las crisis del 2001 y a la del 2023.

Ni la economía, ni la ciencia, ni la lucha por el poder nos darán pautas de bien y de mal, de lo que debemos hacer y lo que hay que impedir. Tenemos que defender la dignidad de la persona humana y postular una moral que la oriente.

 

Una nueva herramienta política

Para poder encarar la reconstrucción nacional y para poder gobernar en la difícil crisis que estamos atravesando se debe forjar un nuevo frente político y social.

Un modelo a emular es el del año 2002 que le permitió a la Argentina empezar a superar el desastre económico y humanitario de fin de siglo pasado. En el contexto post 2001 un sector de la política tuvo el acierto de buscar acuerdos entre dirigentes, partidos y el empresariado industrial, de la construcción y del agro.

En esa tarea de articulación, de diálogo y de construcción de consensos jugó un rol fundamental la Iglesia Católica, histórico faro moral y espiritual en temas de derechos de la personalidad humana. La institución fue y sigue siendo de las pocas organizaciones de masas que sigue cuestionando la inmoralidad de la pobreza y descarte infantil y denunciando el accionar del narcotráfico y de la corrupción. La Iglesia fue fundamental en el año 2002 en la construcción de la política social y educativa en un contexto de alta pobreza y marginalidad similar al actual.

En el 2002 el sindicalismo y las mediaciones de la economía informal se integraron a un frente político que promovió la bandera de la paz social y de la reconstrucción económica, cultural y espiritual de la Argentina.   

 

A modo de cierre, quiero destacar que pese a la decadencia de un sector importante de la dirigencia del país, en la Argentina siguen existiendo reservorios morales, dirigentes y gestiones ejemplares en todos los partidos políticos y organizaciones del trabajo, del empresariado, de la religión y de la cultura.

El nuestro es un pueblo de fe, solidario y trabajador y como lo hizo tantas veces en la historia patria, responderá al llamado del caudillo que venga a gobernar esta tierra con humildad, ejemplaridad, patriotismo y vocación de justicia.   


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